Revista de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres de Rosario Nº 5029 / ISSN 3072-8975

Docentes graduados: Pricco, Arias, Randisi

A partir de sus recuerdos y experiencias, los profesores retirados Aldo Pricco, Ricardo Arias y Daniel Randisi reconstruyen parte de la historia de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres

 

Hay escuelas que se recuerdan por sus edificios. Otras, por sus planes de estudio, sus autoridades, sus fechas fundacionales. Pero hay instituciones que se recuerdan, sobre todo, por las personas que las habitaron. Por aquello que, con el tiempo, deja de ser solamente una institución y pasa a formar parte de una vida.

Para Aldo Rubén Pricco, Ricardo Arias y Daniel Randisi, la Escuela Provincial de Teatro y Títeres fue, precisamente, eso.

Esperando nacer

Para Aldo Pricco, la llegada a la Escuela ocurrió en 1986, cuando la institución todavía era la Escuela Nacional de Títeres e incorporaba la carrera de Actriz/Actor. Fue convocado por el entonces rector José “Pepe” Costa para dictar Análisis del texto dramático. Poco después participó de las gestiones que permitieron la apertura de las carreras de Dirección y Profesorado de Teatro.

Su vínculo con la institución se extendió durante décadas y atravesó la docencia, la gestión y la formación teatral. Allí, dice, pudo ingresar “de lleno en la sistematización de la formación teatral” y participar de los procesos de enseñanza y aprendizaje. La propia experiencia de trabajar con estudiantes enriqueció su formación y terminó abriendo nuevos caminos en su trayectoria profesional y académica.

Daniel Randisi llegó también en 1986. María Zulema Amadei lo invitó a incorporarse a la Escuela y su primera clase fue un jueves a las diez de la noche, en una materia que ya no existe. El grupo era complejo. Muchos de los estudiantes tenían experiencia como actores y cuestionaban a los docentes. Pero Randisi se sintió cómodo. “Me di cuenta ahí que me gustaba lo que estaba haciendo”. La experiencia fue decisiva. “Acá me hice como docente”, afirma.

Ricardo Arias llegó a la Escuela de Teatro en 1987 como estudiante, cuando la institución comenzaba a consolidarse. Se incorporó por invitación de Cristian Marchesi y, desde el comienzo, participó activamente de la vida institucional. Junto con otros estudiantes formó el Centro de Estudiantes y se involucró en las discusiones sobre los planes de estudio y la organización de la Escuela, en un contexto marcado por el retorno de la Democracia.

“Yo ingresé en el 87 y ya hice la carrera, y no me desvinculé hasta que me jubilé”, recuerda. Para Arias, aquella formación fue una experiencia inédita: “Nos formamos ahí y nos formamos de un modo que no existía antes. Las generaciones anteriores no tuvieron la formación que nosotros tuvimos”.

Todo por construir

Los primeros años de la institución estuvieron atravesados por la necesidad de construir. No solamente planes de estudio y carreras, sino también espacios y herramientas de trabajo.

Una de las anécdotas que Aldo recuerda con mayor claridad ocurrió cuando el local de Bonafide de la peatonal Córdoba se mudó y comenzó a sacar a la calle parte de su mobiliario. La noticia llegó a la Escuela. “Se decidió cerrar la Escuela y, en masa, fuimos todos, alumnos y docentes, a recoger de esa ‘basura’ muebles, bases de escaparates y toda estructura de madera que pudiese servir para hacer escenas”.

Durante años, aquellos materiales se convirtieron en practicables, escenografías y dispositivos para muestras y espectáculos. La escena resume una forma de hacer Escuela: producir con los recursos disponibles, resolver colectivamente y convertir aquello que otros descartan en una herramienta para crear.

La institución también fue cambiando de escala. Daniel recuerda especialmente el traslado desde la antigua sede de Mitre y Córdoba, un edificio pequeño y hermoso, hacia el espacio conocido como La Cortada o “el frigorífico”. El nuevo edificio era más grande, pero presentaba dificultades.

“Había frío y los alumnos se distraían por el frío. Había que estimularlos con otras cuestiones”. Las comisiones crecieron y la escuela comenzó a recibir una cantidad mucho mayor de estudiantes: “Pasamos a ser como una Escuela con otra escala, otras dimensiones”.

El crecimiento no fue sólo edilicio. También modificó las formas de relación y de participación.

Ricardo recuerda que, durante sus primeros años, la Escuela era un espacio del que los estudiantes se sentían parte: “Yo era estudiante y la escuela era nuestra”.

Los estudiantes participaban de las decisiones institucionales y llegaron a integrar el Consejo Directivo con derecho a voto. La participación no era una actividad externa a la formación: era parte de la experiencia de estar en la Escuela.

Parte de la vida

Con el paso del tiempo, los edificios cambian, las instituciones se formalizan y las generaciones se suceden. Sin embargo, hay algo que puede permanecer.

Para Daniel, esa permanencia tiene que ver con una energía creativa que todavía aparece en determinados espacios de la Escuela. También con la vocación de quienes eligen una carrera artística. “Los alumnos que eligen una carrera artística lo hacen por absoluta vocación. Lo hacen porque sienten placer haciendo eso”. Esa elección, sostiene, implica un compromiso particular con la disciplina artística. Y ese placer por estudiar, aprender y producir es algo que todavía reconoce en la institución.

Cuando tiene que elegir tres palabras para describir la escuela, responde: contención, placer y creación.

Aldo elige otras tres: educación pública, esfuerzo y solidaridad. “La primera constituye un privilegio y un derecho (si lo sabrán las alumnas y alumnos extranjeros que han estudiado aquí porque en sus países eso es imposible). La segunda es el reto de estudiar y formarse con el  fundamento del trabajo sostenido, colectivo y fructífero de estar juntos en un lugar, haciendo lo que deseamos, pero sabiendo que no resulta fácil. La tercera es origen y destino de cualquier institución educativa, aunque en nuestra Escuela ese hacer conjunto, ese pensar y sentir juntos, termina siendo constitutivo de nuestro carácter de laburantes de una disciplina artística, no de privilegiados que miran desde arriba al resto de la gente”, manifiesta.

Ricardo no logra ajustarse a la consigna. “Cuatro: parte de mi vida.”

Y agrega: “Yo viví más tiempo en la Escuela que en todas mis casas”. La frase aparece como una síntesis de su recorrido. La Escuela no fue únicamente el lugar donde estudió y trabajó. Fue también un espacio de formación artística, de producción, de militancia institucional y de vínculos. “Las instituciones, queramos o no, forman parte de nuestra vida. Nos constituyen”.

Los nombres de la memoria

La historia de una institución también se construye con nombres propios.

Cuando se les pregunta por las personas que los marcaron, aparecen docentes, autoridades, compañeros y trabajadores que forman parte de distintas generaciones de la escuela.

Aldo recuerda especialmente a José “Pepe” Costa, su primer Rector, y a Clide Tello, además de Lucía Bertolano, David Edery, Naum Krass, Marta Subiela y Chiqui González. También destaca especialmente a Jorgelina Alonso, Secretaria de la institución durante décadas.

Daniel menciona a María Zulema Amadei, quien le abrió las puertas de la Escuela, y a Clide Tello, a quien reconoce como una referencia fundamental. “Yo pienso en la escuela, pienso en Clide. Así como una imagen física de la escuela, pienso en Clide”.

Ricardo prefiere no dejar a nadie afuera. Nombra a docentes y compañeros de distintas generaciones y reconoce especialmente a Marta Subiela, aunque enseguida vuelve a ampliar la lista.

Entre la escena y la realidad

También hay anécdotas que, sin pretender representar toda una historia, condensan algo de la experiencia de la Escuela.

Daniel recuerda una situación ocurrida en la sede de Mitre y Córdoba. Un día vio a dos estudiantes tirando de una puerta que no podían abrir. Se acercó, dispuesto a ayudarlas y abrió la puerta con fuerza. Las estudiantes estaban ensayando. “Yo creí que realmente no podían abrir la puerta”. La anécdota, dice, tiene que ver con la representación y con alguien que, en ese momento, no captó la convención teatral.

Aldo recuerda, en cambio, la participación de estudiantes y docentes en acciones callejeras durante los primeros años de la Democracia. Entre ellas, una murga multitudinaria realizada en 1987, en el marco de la movilización “Arte en Alerta”, contra las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

La Escuela no permanecía aislada de su contexto. La formación artística podía continuar en las aulas, pero también salir a la calle.

El futuro y las discusiones pendientes

El crecimiento de la institución plantea nuevos desafíos.

Para Daniel, uno de ellos es lograr un mayor reconocimiento institucional y social sin perder la identificación de docentes y estudiantes con la Escuela. El desafío, sostiene, es que el crecimiento no conduzca al anonimato y que continúe existiendo el deseo de involucrarse.

Aldo pone el foco en la necesidad de sostener la especificidad de las artes escénicas, el estudio, el esfuerzo y la dimensión colectiva de la formación.

Ricardo plantea una discusión más profunda sobre el perfil de la institución y la formación artística específica. Para él, el futuro exige recuperar discusiones y sostenerlas. También implica que quienes hoy estudian puedan apropiarse de la institución.

Las diferencias entre las miradas no borran un punto en común: una Escuela no permanece solamente porque conserva sus edificios o sus planes de estudio. Permanece cuando quienes la habitan encuentran razones para comprometerse con ella.

La huella

La pregunta por la huella genera respuestas cautelosas.

Aldo sostiene que deberían responderla quienes fueron sus estudiantes y quienes compartieron el trabajo con él. Entiende la docencia pública como un servicio y espera haber contribuido a construir comunidad, solidaridad y belleza: “En un oficio en que nada se hace ni sucede en soledad.”

Daniel identifica su posible aporte en el intento de modificar la relación entre docentes y estudiantes en las materias teóricas. Que los estudiantes no fueran solamente receptores, sino también productores.

Ricardo tampoco sabe con certeza qué dejó en la escuela como institución: «Yo creo que en la Escuela, como escuela, no sé». Pero sí reconoce que algunas ideas y discusiones pudieron dejar marcas en quienes fueron sus estudiantes. La memoria, dice, es colectiva. A veces una persona se encuentra con un antiguo alumno y no recuerda inmediatamente su nombre. Hasta que algo se activa.

Unas palabras para quienes comienzan

Al final de la conversación, les preguntamos qué les dirían a quienes hoy comienzan a estudiar en la Escuela Provincial de Teatro y Títeres, si pudieran tenerlos enfrente. Las respuestas fueron distintas, pero en todas aparece una idea común: la importancia del compromiso, la búsqueda y el trabajo.

Aldo Pricco invita a reconocer la historia que precede a cada nueva generación y a transitar la formación desde la duda y la humildad. “Nada se hace por primera vez”, señala, y destaca la importancia del trabajo, la disciplina, el estudio y la solidaridad. Para él, el teatro implica también una responsabilidad con quienes participan del encuentro: “Con nuestros cuerpos en un convivio, aquí y ahora, ‘agregamos algo al mundo’ que antes no existía”.

Daniel Randisi pone el foco en la vocación y en el compromiso cotidiano con la disciplina. “Hay que mirar, respirar, sentir y pensar todo el tiempo como alguien de teatro”, afirma. Se trata, dice, de involucrarse profundamente con aquello que se ha elegido para poder desarrollar una práctica honesta.

Ricardo Arias, por su parte, propone estudiar, pero también dudar y buscar las propias respuestas. “Que no crean todo lo que les dicen, que busquen, que se pregunten por ellos mismos las cosas”, plantea. Y reivindica el teatro como un espacio de encuentro y vitalidad, especialmente en un mundo atravesado por la tecnología y los cambios: “Con más razón tenemos que sostener el encuentro en la caverna”.