Revista de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres de Rosario Nº 5029 / ISSN 3072-8975

Entrevista a Aldo Rubén Pricco

‒¿Cómo fue tu llegada a la Escuela y qué lugar ocupó en tu trayectoria profesional y artística?

‒Llegué a la Escuela al comienzo del ciclo lectivo de 1986, cuando la institución (la Escuela Nacional de Títeres) incorporó la carrera de Actriz/Actor, aunque su denominación como «Escuela Nacional de Teatro y Títeres» fue concretada en febrero de 1987 (Resolución Ministerial nº106/87). Fui convocado por el Rector José «Pepe» Costa para dictar Análisis del Texto Dramático, debido no sólo a mi formación en Letras, sino también en consonancia con mi trayectoria actoral, docente y de dirección, con los alumnos de la que luego fue la primera promoción (entre otros, Adriana Frodella, Luis Machín, Mirta Maurizi, Gachy Roldán, Roberto Chanampa, Cristian Marchesi, Adriana Sabbioni). En pleno proceso de la convocatoria que la DINADEA (Dirección de Educación Artística) llevó a cabo para llamar a concursos de oposición y antecedentes para titularizar el plantel docente (interrumpido por la política educativa del primer gobierno de Carlos Menem), el Rector me encomendó llevar adelante en Buenos Aires las tratativas y negociaciones con el Ministerio de Educación de Nación y los colegas del entonces Conservatorio Nacional de Arte Dramático «Cunill Cabanellas» para replicar en Rosario las carreras de Dirección y de Profesorado en Teatro, las que se iniciaron en 1987. Luego tuve el honor de integrar, como Vicerrector (1988-1990), un Consejo Asesor junto con compañeros, compañeras y alumnos con quienes, ciertamente, se tomaban decisiones consensuadas sobre lo académico. En esos años dicté clases en las cuatro Actuaciones (hoy Taller de Teatro), en Historia de la Dirección Teatral, en Puesta en Escena, Dirección de Actores, Metodología de la Actuación, Didáctica Específica del Teatro y Lectura y Análisis de Textos Académicos.

Poder dictar clases en la querida Escuela significó ingresar de lleno en la sistematización de la formación teatral y participar plenamente de los procesos de enseñanza-aprendizaje. Mi propia formación se enriqueció con el trabajo de los alumnos y marcó entrañablemente mi vínculo con la docencia y la dirección teatral, de tal modo que me permitió acceder a la investigación universitaria en la disciplina y poder, asimismo, diseñar y poner en marcha (2002) el Postítulo y Licenciatura en Artes Escénicas de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, una carrera de complementación de los títulos terciarios de nuestra Escuela para transformarlos en universitarios. Esa gestión llevó a la reciente creación (la primera cohorte ya está cumpliendo su cursado total) de la Maestría en Artes Escénicas (Centro de Estudios Interdisciplinarios) de la UNR, que dirijo, a la que pueden acceder todos los egresados de nuestra querida institución, como así también de la Escuela «Ambrosio Morante» y del Instituto Isabel Taboga.

‒Cuando mirás hacia atrás, ¿qué momentos sentís que marcaron tu recorrido dentro de la Escuela?

‒Creo que me marcaron las experiencias de haber dirigido las puestas de 4º año de la carrera de Actuación, en épocas (década de los años 90) en las que los alumnos elegían y decidían, efectivamente, qué docente querían que se ocupara del Trabajo Final de la carrera, lo que generalmente se daba con alguien que ya había trabajado con ellos en algún curso de Actuación. La querida Chiqui González, a la tarde, y yo, por el turno noche (éramos titulares del segundo y tercer año de la materia), tuvimos el honor de dirigir varias puestas, a partir de las cuales se formaron grupos independientes. En esas performances pudimos unir la docencia con la dirección y llevar a cabo procesos más continuos y coherentes, tanto en lo teórico, como en lo técnico y poético.

Asimismo, me marcó profundamente haber podido tener como alumnos y, a la vez, dirigir a un grupo de 3er año de Actuación, durante 1990, en la Primera Bienal de la Creatividad Rosario Imagina (Patio de la Madera, actual Mercado del Patio). Pusimos en escena, con poética expresionista, «El extraño jinete» de Michel de Ghelderode, con músicos y luthieres de música medieval durante el espectáculo (actuaban, entre otros, Alejandra Gómez, Leandro Maccagno, Sergio Escobar y Valeria Soroeta) y obtuvimos un premio a Mejor Obra.

‒¿Hay algo de la Escuela que sentís que permanece, más allá de los cambios de época y de generaciones?

‒Sí, hay un espíritu de solidaridad entre alumnas y alumnos que alimenta un sentido de pertenencia notable y permite producir trabajos muy valiosos, artística y humanamente. Obviamente, en las primeras décadas, al ser muy pocos, resultaba más sencillo ‒el tiempo rendía más‒ tomar clases, entrenar, ensayar y producir muestras. Recuerdo que en 1987 los dos grupos de la carrera de Actor/Actriz mostraron, con la supervisión de Chiqui González y mía, obras de excelente calidad referidas al Grotesco Criollo. También era posible aunar esfuerzos y contar con el trabajo conjunto de docentes como Pichi De Benedictis (en cuestiones rítmicas y musicales) y Marta Subiela (excelente profesora, fallecida muy joven), quien revolucionó la danza y la expresión corporal en Rosario. Con ellos dos y el alumnado de tercer año de la tercera promoción montamos una obra coral increíble «¿Qué esperamos para ser felices?», con una puesta en escena que ocupó toda la planta alta de la Escuela de Córdoba y Mitre (actuaba como invitada en ese espectáculo una joven y maravillosa Andrea Fiorino).

‒Si tuvieras que describir la Escuela en tres palabras, ¿cuáles elegirías y por qué?

‒Educación Pública, esfuerzo y solidaridad. La primera constituye un privilegio y un derecho (si lo sabrán las alumnas y alumnos extranjeros que han estudiado aquí porque en sus países eso es imposible). La segunda es el reto de estudiar y formarse con el fundamento del trabajo sostenido, colectivo y fructífero de estar juntos en un lugar, haciendo lo que deseamos, pero sabiendo que no resulta fácil. La tercera es origen y destino de cualquier institución educativa, aunque en nuestra Escuela ese hacer conjunto, ese pensar y sentir juntos, termina siendo constitutivo de nuestro carácter de laburantes de una disciplina artística, no de privilegiados que miran desde arriba al resto de la gente.

‒¿Hay alguna anécdota que para vos represente el espíritu de la Escuela?

Dos eventos quedaron marcados a fuego. Uno sucedió cuando Bonafide (negocio de chocolates y café), que tenía su local en Peatonal Córdoba al 1000 (ahora está allí el Banco Francés), se mudaba y comenzó a sacar el mobiliario viejo a la calle para que la gente se lo llevara. Apenas nos enteramos, se decidió cerrar la Escuela (estábamos a 100 metros) y, en masa, fuimos todos, alumnos y docentes, a recoger de esa «basura», muebles, bases de escaparates y toda estructura de madera que pudiese servir para hacer escenas. Así fue que casi la totalidad de esas armazones constituyó, durante muchos años, practicables y escenografía o dispositivos para muestras e, incluso, espectáculos, en la antigua y amada casona de los altos de Córdoba 1186, casi esquina Mitre.

La segunda, fueron las participaciones directas que alumnos y docentes hacíamos en momentos de una frágil y recién recuperada Democracia, mediante acciones callejeras. Un ejemplo se dio en ocasión de la promulgación de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida (1987), cuando armamos para la movida “Arte en Alerta” una especie de murga multitudinaria (con la base de mis alumnas y alumnos de Actuación II) con la que recorríamos el centro de la ciudad, muy poblado en aquellos tiempos. El marco del movimiento de Teatro Popular de entonces y las diversas expresiones de performances callejeras fueron la oportunidad de realizar algo concreto por la complicada situación política con los levantamientos militares, más allá de hablar y discutir en los bares (como ahora, en redes).

‒¿Quiénes fueron las personas que más te marcaron dentro de la Escuela y por qué?

En primer lugar, su primer Rector, José «Pepe» Costa, quien dirigía el legendario grupo independiente Teatrika, en el que me formé teatralmente con figuras de la talla de Susana «Mimí» Ansaldi, Alfredo Anémola, Carlos Caruso y la inolvidable, admirada y querida Clide Tello. Costa quiso y supo abrir el juego de participación de varias posiciones artísticas, poéticas e ideológicas cuando fue convocando cada año a cubrir las cátedras a diferentes colegas, reconocidos por su idoneidad, pero sin hacer prevalecer sus coincidencias políticas. Eso permitió una convivencia y un respeto difícil de lograr en tiempos de fuertes e intensos debates. Lucía Bertolano, con su inteligencia y su compañerismo; David Edery y Naum Krass, con sus historias, talentos e inteligencia; Marta Subiela, con su sabiduría y ternura; Chiqui González, por su emocionante inteligencia, entre otros colegas, influyeron profundamente en mí. Y no quisiera olvidarme del «alma» y corazón que sostuvo la Escuela durante casi toda su historia, en todos sus aspectos, y a quien se le debe que la institución esté viva; me refiero a Jorgelina Alonso, jubilada recientemente, la Secretaria de la institución que nos mantuvo en pie en cada momento complicado de problemas administrativos y embates ministeriales.

‒¿Qué desafíos considerás que tiene hoy la Escuela de cara al futuro?

Un gran problema es mantener en ejercicio las artes somáticas conviviales y darles sentido, apoyada en su carácter institucional y público, no en la fundamentación de ciertos expresivismos y ludismos (tan tentadores), sino en la convicción de que el hecho escénico es un fenómeno que trasciende el mero ser «vehículo» de otra cosa (idea, representación, etc.). Esto implica no caer en la trampa de la «libre expresión individual» o el hacer lo que cada uno quiera, sin leyes ni regulaciones. Seguir las teorías sobre la disciplina teatral, estudiar y producir, en medio de tanto contagio «liberal», necesita de un sentimiento de comunidad, que se logra en base a respetar a todos los demás y a seguir lineamientos y leyes que únicamente permite el estudio y el esfuerzo. Estudiar esas «leyes» y tendencias supone operar con un Estado que nos protege y permite la convivencia, desarrollarnos, ante tanto «mileísmo explícito» que muchos ejercen creyendo lo contrario. Como suelo decir hace rato, un desafío para la Escuela de cara al futuro incierto y tan falto de solidaridad, es comprender que cualquier ideología no es lo que se piensa, lo que se lee, lo que se escribe ni lo que se dice: es lo uno hace con los demás en la realidad. Esta contradicción suele abundar en el arte en general, y en el teatro, en particular. Despejar eso supone un desafío primario.

‒¿Qué huella creés que dejó de tu paso por la institución?

Creo que eso debe ser respondido por quienes tomaron mis clases y por quienes compartieron el trabajo. La docencia ‒sobre todo la pública‒ es un servicio y así lo entendí siempre, intentando que los alumnos supieran más que uno, «enseñando lo que no sé a otros que van a saber más que uno»‒la frase no es mía‒. Solo espero haber sido útil en el teatro y haber contribuido a construir comunidad, solidaridad y belleza, en un oficio en que nada se hace ni sucede en soledad. Por eso, si hay «huella», habría que consultar a quienes han sido mis alumnos durante 40 ciclos lectivos, a quienes agradezco profundamente, y que, tal vez, no sepan cuánta vida y de qué calidad me han dado. Como digo en mi libro «Sostener la inquietud», los otros «me son». Sin embargo, intentando pensar en eso, quizá, una posible huella sea el desagrado inicial de varios estudiantes al realizar los primeros ejercicios de Actuación, diseñados para que “fracasaran” y tomaran consciencia de sus autopercepciones positivas exageradas. Destinados a bañarse en la humidad del error, de a poco iban dejando de lado esa especie de narcisismo constitutivo del teatro y entendían el carácter colectivo y solidario del oficio, en el que nadie puede cortarse solo. Luego de esas «resistencias» iniciales, todos saben de qué modo paciente y persistente acompañé e incentivé los procesos de aprendizaje de cada alumna, de cada alumno, y de qué manera he podido lograr lo que muchos docentes que tuve no pudieron o no quisieron: contribuir a la superación constante. Otra posible huella es la casi fanática prédica de que no «se la crean jamás», más allá de eventuales «éxitos» de sus performances, y que siempre, absolutamente siempre, la experiencia estética del espectador es lo que realmente ocurrió y no lo que no uno cree desde el escenario, de modo que todas las críticas resultan valiosas.

‒Si pudieras dirigir unas palabras a quienes hoy comienzan a estudiar en la Escuela, ¿qué les dirías?

Que a pesar del entusiasmo tengan en cuenta que el camino sobre el que se desarrollan ha sido construido por un montón de personas antes que ellos. Que hay una historia a considerar y que, prácticamente, nada se hace por primera vez. Que nunca, por favor, «estén de vuelta, sin haber ido» y que la base sea siempre la duda y la humildad. Por más que intuyan algo de eso que algunos llaman «talento» o «facilidad», son siempre el trabajo duro, la disciplina técnica, el esfuerzo, el estudio teórico y la solidaridad los elementos que nos vuelven «necesarios» al ojo, el oído y el corazón del público. Por último, lo que vengo trabajando hace décadas en mis publicaciones y fortaleciendo en mis clases: quienes actuamos, enseñamos o dirigimos, más que comunicadores o narradores, somos constructores de empatía, contagio somático y de belleza, porque con nuestros cuerpos en un convivio, aquí y ahora, «agregamos algo al mundo» que antes no existía. Y eso requiere muchísimo e intenso trabajo y, sobre todo, respeto estricto por los espectadores, quienes co-construyen el sentido de un espectáculo.