Revista de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres de Rosario Nº 5029 / ISSN 3072-8975

Entrevista a Ricardo Arias

—¿Cómo fue tu llegada a la Escuela y qué lugar ocupó en tu trayectoria profesional y artística?

—Hubo un recorrido bastante lineal en ese sentido y fue prácticamente inmediata, porque yo entré al segundo año desde que se abrió la Escuela. Si no entraba en el segundo, hubiese entrado en el primero. No entré en el primero porque estaba cursando Filosofía en ese momento y prioricé la Facultad. Pero al año siguiente ingresé a la Escuela, en el 87, creo. Hice la carrera y ya no me desvinculé hasta que me jubilé.

—¿Vos te recibiste y enseguida empezaste a dar clases?

—No, en realidad yo empecé a hacer teatro acá en Rosario, en la Facultad de Humanidades, con Rody Bertol. Fue el primer taller que dio Rody ahí. Eso debe haber sido en el 84 o 85. Después pasé a Discepolín, en calle Mendoza, y en ese interín un día me encontré con Cristian Marchesi en Entre Ríos y Córdoba. Me dijo: «Che, tenés que anotarte en la Escuela de Teatro. Se abrió la Escuela, el primer año es gratis. Anotate. Estamos buscando gente para el segundo año, para que la Escuela siga y también para incorporar docentes».

Fui, me anoté, armamos un Centro de Estudiantes y, después de eso, dejé la Facultad y me dediqué al teatro.

—¿Cuando abrió la Escuela vos ya tenías tu recorrido teatral?

—Era mínimo. Era un recorrido de nada. En Villa Constitución también había hecho algo de teatro. Siempre estuve rondándole, siempre estuve rondando sin saber. Yo me pongo a pensar ahora y, hasta en la Escuela Primaria, en los actos, y después en la Secundaria, siempre estaba en eso, pero prácticamente sin saber lo que hacía.

—¿Y qué lugar ocupó en tu trayectoria artística la Escuela para vos?

—Yo creo que la Escuela fue, en ese momento —estoy hablando de los años 80 y 90, y creo que hasta ahora también—, un centro de formación y de producción artística enorme.

En los 80 y los 90 fue un centro de producción. La Escuela tenía su sala, que estaba ahí en Mitre y Córdoba. Yo hice mis primeras obras ahí, ensayábamos ahí. Yo vivía adentro de la Escuela. Fue prácticamente una segunda casa para mí. Estaba más tiempo en la Escuela que en mi casa. En mi casa dormía y comía; después, el resto del tiempo, estaba en la Escuela.

Y yo creo que eso fue algo que después cambió muchísimo. De algún modo, la formalización progresiva de la Escuela, en términos académicos, hizo que se dejaran de lado muchísimas cosas que tenían que ver con la apropiación de los espacios. Yo era estudiante y la Escuela era nuestra, así de una.

Vos pensá que, por ejemplo, cuando nosotros hicimos el Centro de Estudiantes y se conformó el primer Consejo Directivo, por acuerdo de una Asamblea General, intentamos que el gobierno de la Escuela fuera muy parecido al que tenía la Facultad, porque veníamos de la Facultad y gran parte de los docentes eran docentes universitarios. Entonces peleamos para formar parte del Consejo Directivo y tener voto. En ese momento, los estudiantes que estábamos en el Consejo votábamos igual que los docentes.

Te estoy hablando de la época en que Pepe Costa era Rector y después Carlos Schwaderer. Creo, incluso, que eso duró hasta los primeros años de Jiménez o de Mónica, cuando estábamos ahí en la cortada, en El Frigorífico.

Había un compromiso muy grande por parte de los estudiantes con la Escuela, con su sostenimiento y con llevar adelante un proyecto institucional que nos involucrara a nosotros.

Pensá que en ese momento ahí se formó Mónica Discépola, Rodolfo Pacheco, Cristian Marchesi, gran parte de los docentes que vinieron después, Laura Copelo, Gustavo Guirado. Nos formamos toda una generación que hoy, en su mayoría, ya estamos jubilados. Pero nos formamos ahí y de un modo que no existía antes. La formación que nosotros tuvimos, las generaciones anteriores no la tuvieron.

—Y me hablaste mucho, obviamente, de tu llegada como estudiante, pero ¿cómo fue después tu paso a la docencia dentro de la Escuela?

—Bueno, mirá, yo creo que hay un momento que, para mí y para todos los que nos dedicamos a esto, es clave. Es el momento en que vos decís: «Bueno, me quiero dedicar a esto». Porque ese primer paso ya lo habías dado. Nadie hace una carrera para ver qué onda. Si venís a ver qué onda, tomátela. Cuando hacés una carrera y la terminás es porque realmente tu deseo estaba ahí.

Después viene otra decisión, que es vivir de esto. Que tus ingresos, que el dinero, vengan de esta actividad.

Cuando yo decido no trabajar más de administrativo en otro lugar, no buscar más otro trabajo, otro rebusque, ahí creo que cambia radicalmente la cuestión. Es como una segunda decisión que determina muchísimo todo lo que hice después respecto del teatro y del trabajo, porque implica, en algún sentido, ser docente.

Después habría que ver qué implica ser docente y qué implica dar clases. Yo creo que la perspectiva desde la que nosotros abordábamos la docencia fue cambiando muchísimo a lo largo del tiempo. Esto que te decía de la formación que tuvimos, que las generaciones anteriores no habían tenido, fue muy determinante en ese sentido.

Entonces, para mí, ser docente, dar clases dentro de la Escuela, dirigir y actuar: esas tres actividades eran las que me iban a permitir vivir, tener un ingreso y llevar adelante una vida con las necesidades básicas cubiertas.

Lógicamente, durante mucho tiempo también estuvo el rebusque, el pichuleo. Hasta que tuve un buen sueldo pasaron 15 o 20 años. La mitad de mi recorrido docente fue pichulear y ver cómo llegaba a fin de mes. Después, a medida que se fueron dando las cosas, fui teniendo más obras, produciendo mucho más.

—¿Qué momentos sentís que marcaron tu recorrido dentro de la Escuela?

—Para mí fue clave hacer el Centro de Estudiantes, empezar a participar de la vida de la Escuela y empezar a discutir con los docentes los planes de estudio. Eso se dio en los años 80 y también se daba en la Facultad de Humanidades. Era lo mismo: discutíamos los planes de estudio, las materias, discutíamos todo. La participación estudiantil era muy fuerte.

En los 80 pasó algo que, tal vez por el retorno de la Democracia y por la posibilidad de revisar las formas, los contenidos y las maneras de hacer las cosas, se dio con mucha intensidad. Más todavía en una Escuela nueva, como era la Escuela de Teatro.

—Vos mencionás cómo fueron cambiando las épocas y cómo fue cambiando la Escuela también por los contextos políticos. Pero, más allá del paso de los años y de las generaciones, ¿hay algo que vos sentís que permanece en la Escuela?

—Mirá, lo que pude ver es que esto que vos me preguntás no se da en términos generales. Yo creo que hay grupos de estudiantes, o estudiantes particulares, que tienen la capacidad o el deseo de apropiarse de la Escuela como un espacio no solamente de formación profesional, sino, ante todo, de vida.

Yo creo que la formación profesional, en algún punto, es relativa. La Escuela forma parte de tu vida. Las instituciones, queramos o no, nos constituyen. Los lugares que transitamos nos constituyen. Entonces, en la medida en que los estudiantes se apropian de esos espacios, de esos lugares, yo creo que algo va a permanecer. No sé cuánto ni exactamente qué, pero creo que algo permanece.

Por otro lado, también veo una burocratización institucional, en términos generales, y mucho más ahora, con el cambio que se dio a partir de todo lo que podemos llamar lo virtual. Yo creo que la pandemia dejó una herida enorme en las personas, en las instituciones y en la educación.

Eso también nos llevó, indefectiblemente, a lo que sucede hoy: tener que desarrollar una capacidad de discernimiento y de análisis frente a la enorme cantidad de información que podemos manejar de un modo inmediato. No sé si las generaciones de ahora están preparadas para procesar todo eso.

Yo considero que mi generación tuvo una formación intelectual muy sólida. Tuve la mejor formación posible. Tuve los mejores docentes, tanto en la Facultad como en la Escuela. Y, cuando no tuve acceso a algo, fui a buscarlo. Fui a buscar a Grotowski. Tuve la mala suerte de que murió cuando fui, pero estuve ahí, estuve en contacto.

Hoy todo está tan dado, tan diseminado, que no sé en qué medida eso permite llevar adelante procesos que te hagan repensar lo que hacés. Es muchísima información.

Te doy un ejemplo: hoy, seguramente, en la Escuela están las obras completas de Stanislavski. Cuando nosotros estábamos, en la biblioteca no había libros. No teníamos biblioteca.

—¿Quiénes fueron, para vos, las personas de la Escuela que más te marcaron?

—Yo te diría que todos. Sería ingrato si dejo afuera a alguien. David, Chiqui, Naum, Aldo, el Negro Farías, Gabi Morales, Marta Subiela… Si tengo que decir una persona que me marcó especialmente, diría Marta Subiela. Pero después están todos: Lucy Bertolano, Zulema Amadei, Daniel Randisi, Susana…

Tuvimos unos docentes con los que nos peleábamos tremendamente. Discutíamos absolutamente todo. Imaginate lo que podíamos hacer como estudiantes: no respetábamos a nadie. Pero, en realidad, me siento realmente privilegiado de haber tenido el recorrido que tuve.

Ahí también conocí a Néstor Zapata, a Carlos Schwaderer, a Gustavo, que fue mi compañero, a Liliana, a Rodolfo Pacheco, a Laura… ni hablar de Laura Romero. Pensá que ahí también conocí a Paula. Con Paula ya hace 27 años que estamos juntos. Es una vida.

—¿Hay alguna anécdota que, para vos, represente el espíritu de la Escuela? O, mejor dicho, ¿cuál es el espíritu de la Escuela?

—Para mí, el espíritu de la Escuela son distintos momentos. Yo te podría hacer una historización de la Escuela, tranquilamente.

La Escuela somos personas. La Escuela está construida por personas; la Escuela no es un edificio. A lo mejor vos decís «La Escuela» y te imaginás un edificio. Yo me imagino personas.

Puedo hablar bien o puedo hablar mal de la Escuela, pero prefiero hablar de las personas. Yo no sé en qué lugar me pude ubicar yo, porque eso siempre pasa. Traté de ser el mejor docente que pude. Intenté transmitir la pasión y la vitalidad que me genera hacer esto, que es lo que elegí para mi vida, lo que me mantuvo vivo y me mantiene vivo hasta el día de hoy.

Ahora, si me preguntás cuál es el espíritu de la Escuela, para mí tiene que ver con la búsqueda de otra cosa. De otra cosa que no sea, sencillamente, una salida laboral.

Yo no entré a la Escuela buscando una salida laboral. Tampoco esperé reconocimiento. Depende mucho de lo que uno busca cuando entra a la Escuela.

Mientras haya estudiantes que busquen eso que todavía no saben nombrar, eso que se vincula con el deseo, con algo vital, con una pulsión ligada al arte y, sobre todo, al conocimiento, yo creo que eso va a seguir existiendo. Eso de lo que vos me hablás y me preguntás.

Y, por otro lado, después de muchos años de docencia, también te das cuenta enseguida cuándo eso está y cuándo no está. Hablás dos minutos con un estudiante y lo sabés.

—¿Cuáles creés que son los desafíos de la Escuela de cara al futuro?

—Mirá, habría que entrar un poco en la historia y asumir discusiones que, tal vez, yo ya ni siquiera llegue a ver. Son discusiones que en determinados momentos se dieron y que tienen que ver con las estructuras educativas.

Para mí, el hecho de que la Escuela sea pública, gratuita y abierta es fundamental. Pero, así te lo digo claramente: creo que perdimos una batalla. Y es la batalla de la formación artística específica.

Cuando se daban las discusiones respecto del perfil de la Escuela, nosotros nos formábamos como artistas. Yo me considero un artista. El arte es un campo disciplinar muy concreto. Creo que esa batalla, en parte, la hemos perdido.

La hemos perdido en relación con las especializaciones que tienen que ver con lo específicamente laboral y también con la formación pedagógica. Y eso se vincula con los contenidos de las materias y con los planes de estudio.

Por otro lado, si hay algo por lo que hay que seguir peleando, es por nivelar para arriba. Una de las discusiones que estuvo presente durante mucho tiempo era qué posibilidades te daba la Escuela para continuar la formación una vez que te recibías. Ahí tenías que dar un salto, pasar a la Universidad, que también tiene sus propias limitaciones.

Es un tema interesantísimo para mí. Lo que pasa es que hay un nivel de mezquindad muy grande al abordar estas cuestiones, y muchas veces las discusiones terminan atravesadas por cuestiones presupuestarias.

Creo que los estudiantes se tienen que apropiar de la Escuela. Es la Escuela de ustedes. Y tienen que dar las discusiones y llevarlas adelante a cara de perro.

Ha habido discusiones muy interesantes dentro de la Escuela. Incluso peleas muy interesantes. Y yo creo que eso era lo que nos mejoraba, porque nos obligaba a dar cuenta de lo que decíamos.

Yo siempre me sentí en la obligación de respaldar con lo que hacía aquello que decía. Las obras que yo hacía las iban a ver mis alumnos. Para mí eso era una enorme responsabilidad. Como docente, los alumnos también me veían actuar. Es un tema largo, difícil, áspero, del que podría hablar durante horas.

—¿Qué huella creés que dejaste en la Escuela? ¿Qué sentís que dejaste vos?

—Nada. La verdad, nada. Yo creo que en vos, o en los alumnos, en las personas… Sí, en las personas puede ser. Pero en la Escuela, como institución, no lo sé.

Creo que las instituciones son muy ingratas con las personas, porque te devoran. Literalmente. Uno deja su vida en esos lugares. Vos le preguntás a alguien: «Contame tu vida», y muchas veces te cuenta su paso por las instituciones: la Primaria, la Secundaria, la Universidad. Esa termina siendo su vida. Y no escapamos a eso.

Yo sé que, en algunos aspectos, fui muy tozudo, muy persistente, en sostener cierto discurso dentro de la Escuela. Y creo que eso, en algunos alumnos —que después incluso fueron docentes—, hizo mella, dejó una marca. Tal vez en algunos sí y en otros no. Pero no sé si es para decir: «Yo dejé esto». No lo sé.

De muchas cosas me acuerdo. Hay grupos que los tengo grabados en la cabeza y otros no tanto. A veces me encuentro con alguien que me dice: «Yo fui alumno tuyo». Me dice el nombre y, de golpe, se dispara el recuerdo. Porque la memoria es colectiva. Nosotros creemos que la memoria está acá adentro, pero en realidad está afuera. Son las impresiones, los encuentros, los que disparan esas conexiones.

Por eso no sabría decir qué dejé. Lo que sí sé es que hubo cosas con las que me obsesioné durante mucho tiempo y que llevé directamente a la Escuela. La Escuela fue un laboratorio enorme de construcción de conocimiento sobre el trabajo del actor y, sobre todo, sobre lo humano.

Y cuando digo «lo humano», me refiero a todo: al abordaje filosófico, epistemológico, psicológico, artístico, ético. Todo ese espectro que hace a la vida.

Pensá, por ejemplo, en Peter Brook cuando habla de lo sagrado. Uno puede creer que lo sagrado tiene que ver solamente con lo religioso, pero es mucho más que eso. O Barba, cuando habla de un ascetismo del actor. Son cuestiones prácticamente inabarcables, que te llevan toda una vida.

—Si yo te pido que describas la Escuela en tres palabras, ¿cuáles serían?

—Cuatro: parte de mi vida.

Yo siempre digo que viví más tiempo en la Escuela que en todas mis casas juntas. Me fui de mi casa a los 18 años y en la Escuela estuve más de 30 y pico de años. Estaba más tiempo en la Escuela que en mi casa. A mi casa iba a dormir, dormía ocho horas y salía. Entonces, para mí, la Escuela fue eso: parte de mi vida.

—Si hoy estuvieras frente a estudiantes que recién ingresan a la Escuela, ¿qué les dirías?

—Que no lean: que estudien. Siempre les decía eso a los estudiantes. Me decían: «Pero yo leí». Y yo les respondía: «No, tenés que estudiar». Leer no es estudiar.

Después, la verdad, les diría que ellos mismos saben si ese es su lugar. Uno sabe cuándo está en el lugar correcto. También sabe cuándo un lugar lo incomoda. Y esa incomodidad, a veces, te gusta y otras veces no. Si no te gusta, tenés que irte. Y si te gusta, tenés que tratar de sostener esa incomodidad, porque es la que te permite aprender, crecer y cambiar.

También les diría que no crean todo lo que les dicen. Que busquen, que se pregunten las cosas por ellos mismos, que descubran las cosas por ellos mismos.

Si hay algo que hace que, después de más de 40 años, yo siga haciendo esto, es darme cuenta de que siempre hay algo de lo que hago y de lo que abordo que me está mostrando algo que yo no veo. Siempre me señala algo que no había visto. Y eso es maravilloso. Eso es lo que hace que pueda seguir.

Por ejemplo, hoy sigo trabajando con Naum, que fue docente mío y tiene 90 años. Y veo que en él sucede exactamente lo mismo.

Eso es altamente vitalizante. Para mí, lo vitalizante es algo muy concreto. El estar en situación te vitaliza de una manera que pocas cosas logran.

Creo que hay muy pocas experiencias que produzcan una vitalización tan inmediata como la actuación y el teatro, y que generen un grado de conexión tan grande con el otro, tanto con el público como con los compañeros.

Es maravilloso. Pero, para poder sostenerlo, primero hay que verlo. Hay que verlo de verdad. Porque no es un mero entretenimiento. No es solamente contar una historia. Es otra cosa.

Lo único que me surge decir es que tiene que ver con lo vital. Con compartir ese fenómeno del que se habla hace tiempo, eso que algunos llaman lo aurático. Y es incluso más que eso.

Lo aurático también se puede ver, por ejemplo, en el fútbol. Vos ves a la gente en una cancha, o te ves a vos mismo mirando un partido, y decís: «Estoy completamente tomado por esto». Funciona así.

Y hoy, más que nunca, por la dirección que lleva la sociedad, la tecnología, el mundo y los cambios que vienen —y que seguramente van a continuar—, tenemos que sostener el encuentro en la caverna.

La caverna son los teatros. La Humanidad siempre se salvó en la caverna: de los inviernos, de las glaciaciones, de todo. La caverna es ese lugar de encuentro, de oscuridad, donde hay un fuego y las personas se reúnen. Para mí, el teatro sigue siendo eso.