—¿Cómo fue tu llegada a la Escuela y qué lugar ocupó en tu vida, a nivel profesional, en tu recorrido?
—Yo descubrí que me gustaba ser docente en un taller que tenía María Zulema Amadei, que fue docente de la Escuela y quien me invitó a venir. Ella tenía un taller particular. Yo trabajaba con quien en ese momento era su esposo, como arquitecto, y un día me enteré de que tenía ese taller. Empecé a tomar clases de dibujo, pintura e Historia del Arte, porque ella también daba Historia del Arte. Ahí me di cuenta de que miraba cosas que otros alumnos no miraban. Por ejemplo, me fijaba cómo estaba estructurada la clase, cómo ella hacía las inflexiones, cómo desarrollaba los temas. Miraba otras cosas. Yo lo comentaba con la gente que iba conmigo al taller y ellos no lo registraban.
Entonces me di cuenta de que había algo ahí. Y Zulema me dio una oportunidad: me ofreció trabajar en su taller particular. Esas fueron mis primeras experiencias como docente, aunque tenía muy pocos alumnos, dos o tres.
Después me ofreció venir a la Escuela y, para mí, fue un cambio notable. Como dije el día del Acto de Cierre, cuando me invitaron a hablar, fue un cambio importantísimo.
Ahí entendí que tenía una vocación muy fuerte por la docencia. Me daba mucho placer comunicarme, estimular a mis alumnos —a la gente que estaba conmigo en el aula— para que indagaran, investigaran y se interesaran por los temas que estábamos trabajando. Para mí eso fue muy importante.
Esta Escuela me cambió porque, en realidad, entré en forma simultánea tanto acá como en la Facultad. Pero en la Facultad yo era auxiliar, así que nunca estaba realmente al frente de un curso. Acá sí. Acá aprendí un montón. En realidad, acá me hice docente.
Aprendí cómo hacer un programa, cómo estructurar una clase. Todo eso que había observado en Zulema empecé a ponerlo en práctica yo: cómo dar una clase, cómo prepararla, cómo organizar el material, cómo armar un teórico, cómo generar preguntas. Todo eso lo aprendí acá. Para mí fue un impacto notable.
La verdad es que fue una experiencia muy buena. Entendí que la docencia era una disciplina que me demandaba mucha energía, pero que al mismo tiempo me daba muchísimo placer. Y sentía que esa energía, esa voluntad que me movilizaba, valían la pena. La docencia se lo merecía.
Era lo que yo tenía que hacer. Fue una profesión que abracé con muchísima pasión. Me gustó muchísimo ser docente.
—¿En qué año fue que viniste a la Escuela?
—En 1986. En el 85 ingresé a la Universidad y en el 86 a la Escuela.
Empecé dando clases un jueves, como a las 10 de la noche, en un horario que creo que nadie quería tomar. Era una materia que después desapareció; creo que se llamaba Producción Plástica o algo así. No me acuerdo bien el nombre. Se trabajaban cuestiones del color, de la forma, temas vinculados con las Artes Plásticas.
El profesor que daba la materia, Tito Fernández, había tomado licencia. Eran dos horas, un jueves a las 10 de la noche. En esa época había clases hasta las doce porque existía otra seguridad y también había más transporte público. Bueno, di esas clases y el grupo fue fantástico. Era gente de las primeras comisiones que tuvo la Escuela. La verdad es que me llevé muy bien con ese grupo. Me estimuló mucho y me sentí cómodo. Ahí me di cuenta de que me gustaba lo que estaba haciendo.
Después, al año siguiente, me enteré de que esas dos horas no las quería tomar nadie. Era un grupo complejo, porque cuestionaba a los docentes. Muchos de ellos tenían una gran experiencia como actores. Yo, sin embargo, no tuve ningún problema. Me sentí cómodo. Creo que ellos también se sintieron cómodos conmigo, a gusto, estimulados. Logré resultados muy buenos. Incluso propuse algunos ejercicios que todavía hoy me acuerdo.
—Cuando mirás para atrás, ¿qué momentos sentís que te marcaron acá adentro?

—Bueno, ese primer momento fue fundamental. Yo nunca tuve otro rol o función dentro de la escuela. Nunca fui directivo.
Otro momento muy importante fue cuando tuvimos que cambiar de edificio. Hay algo que no planteé antes y que tiene que ver con lo institucional. Al principio estábamos en Mitre y Córdoba. El edificio era precioso, hermosísimo. Tenía una sala con el cielorraso totalmente pintado con pintura artística, decorativa. Era realmente muy lindo. Pero quedó chico. Evidentemente la escuela fue creciendo y hubo que dejar ese lugar. Creo que también había cuestiones vinculadas con el alquiler.
De ahí nos fuimos al edificio que estaba detrás del Teatro La Comedia, en la cortada. Para mí ese fue otro momento de inflexión muy importante. Era un edificio grande, pero totalmente inhóspito. Le decían «el frigorífico». Eso también me marcó porque había que hacer un esfuerzo enorme para dar clases. En ese momento las comisiones empezaron a ser muy numerosas y a mí me tocaban salones muy amplios. Algunos ni siquiera tenían vidrios y daban directamente a la calle.
La verdad es que hubo que hacer un esfuerzo importante, no sólo para sostener la institución, sino también para sostener las clases. Hacía frío, los alumnos se distraían por el frío y había que estimularlos por otros lados. Para mí ese fue un momento importante porque pasamos a ser una Escuela con otra escala, con otras dimensiones.
Y el otro momento importante fue cuando pasamos de la dirección de Pepe Costa a la siguiente gestión. Ahí hubo algunos cambios. Yo, personalmente, no los sufrí, pero existieron.
Y otro cambio que pude percibir fue cuando llegamos a este edificio. Ahí noté que la escuela pasó a tener otra escala. Yo daba clases con grupos de entre 60 y 70 estudiantes. Después esas comisiones se dividieron y se abrieron otras, pero al principio había una comisión a la tarde y otra a la noche. Eran grupos muy numerosos. Más adelante aparecieron las comisiones vespertinas y otras posibilidades de organización.
Ahí la Escuela cambió. Cambió la escala, la cantidad de estudiantes y también el vínculo con ellos. Porque una cosa es trabajar con grupos de 15 o 20 estudiantes, que es lo que siempre me gustó de esta escuela: la posibilidad de un trato más personal, más individual, de conocerlos, saber qué les interesa y qué no. Cuando tenés 60 o 70 estudiantes eso ya no puede ser así. Eso, para mí, fue muy importante. Es algo que, por ejemplo, en la Facultad nunca pude sostener. Allí tenía cursos de 100 alumnos. Es otro tipo de relación.
A mí siempre me gustó el trato que se daba acá. Esos primeros años en este edificio fueron muy particulares. Después se fueron abriendo otras comisiones y volvimos a tener otro tipo de vínculo.
—¿Vos creés que hay algo en la Escuela que permanece más allá de los cambios de épocas y generaciones?
—Un poco es esto que te decía antes, que yo siempre viví como una cuestión de respeto y de valoración.
Pero también hay algo más. Y eso que yo no estoy en los espacios de producción teatral ni en los talleres donde el cuerpo ocupa un lugar central. Sin embargo, me parece que hay lugares que tienen algo mágico, por llamarlo de alguna manera. Yo soy bastante terrenal y pragmático, pero me refiero a una especie de energía. Una energía creativa que creo que la Escuela tiene.
A veces me ha tocado acceder a trabajos de estudiantes, sobre todo en Historia o en evaluaciones de otras materias, donde involucran el cuerpo, hacen instalaciones o propuestas vinculadas con aquello que realmente les interesa. Y ahí aparece una energía creativa muy potente.
No sé si la pregunta iba exactamente por ese lado, pero creo que la Escuela tiene eso: una fuerza creativa que, probablemente, se concentra y se percibe más en aquellos espacios donde los estudiantes trabajan desde el deseo y hacen lo que les gusta.
Pero esto no sucede solamente en teatro. Yo creo que quienes eligen una carrera artística lo hacen por vocación. Lo digo porque yo provengo de otro lugar. Mi título de grado es Arquitectura y conozco gente egresada de Ciencias Económicas, Ingeniería o Medicina. Los alumnos que eligen una carrera artística lo hacen por absoluta vocación. Lo hacen porque sienten placer haciendo eso.
No lo viven como una carrera que les va a dar estatus o recursos económicos. Y eso es muy valioso, porque tiene que ver con el compromiso que asumen con la disciplina artística que eligen. Eso es algo que sigo viendo en la Escuela.
También noto un cambio respecto de los primeros años. En aquel momento, muchos estudiantes tenían conflictos con sus familias para poder estudiar teatro. Hace 30 años la sociedad era mucho más rígida y las familias, en general, eran menos comprensivas con este tipo de elecciones. Muchos tenían que luchar para venir a estudiar. Me parece que, con el paso del tiempo, la sociedad se fue flexibilizando y, en consecuencia, las familias también son hoy más respetuosas de las vocaciones y de los deseos de sus hijos.
Eso también lo sigo viendo en la Escuela: el placer por estudiar, por aprender y por producir.
—Si tuvieras que elegir tres palabras para describir a la Escuela…
—Contención. Placer. Y creación.
Y cuando digo contención, lo digo en muchos sentidos. No solamente porque muchos docentes nos hemos sentido contenidos por esta Escuela, sino también porque creo que muchos estudiantes se sienten contenidos.
Por ejemplo, he visto cómo la institución se ha preocupado cada vez más por acompañar a estudiantes con discapacidad. La Escuela Secundaria los incluye y después ellos eligen continuar una carrera. Acá he visto una verdadera voluntad de contenerlos.
Incluso hubo un docente que asumió ese compromiso de manera muy fuerte y la institución le dio un reconocimiento por ese trabajo. Por eso hablo de contención. Me parece muy importante que la institución se preocupe por hacerlo.
También me ha tocado integrar mesas evaluadoras de otras materias y ver cómo esos estudiantes se integran naturalmente al grupo. Llega un momento en que uno deja de pensar en la discapacidad porque el grupo los contiene y trabajan como cualquier otro estudiante.
Eso, para mí, es muy valioso.
No sé si esas tres palabras alcanzan para sintetizar lo que es la Escuela, pero sí expresan una parte importante de todo lo que la Escuela hace y de todo lo que ha significado.
—¿Qué personas dentro de la Escuela te marcaron?
—Clide Tello y María Zulema Amadei.
María Zulema porque fue quien me invitó. Me dio la posibilidad de conocer la Escuela y de integrarme.
Y Clide… La relación con Clide fue fabulosa. Me marcó mucho. Trabajábamos muy bien juntos. Me acuerdo que, en las reuniones docentes, ella me decía: «Vos tenés que armar los marcos generales para que yo después haga la parte de análisis de texto». Funcionábamos muy bien.
La verdad es que aprendí muchísimo de ella. Y también aprendí mucho de muchos otros docentes. Pensá que yo empecé a trabajar cuando tenía 28 años y había compañeros que tenían 50 o más, con mucha experiencia. En las reuniones escuchaba mucho y aprendía mucho.
Con Clide, además, me tocó compartir muchas mesas examinadoras. Las mesas se extendían hasta después de las 12 de la noche. Yo a veces le decía: «Clide, ¿por qué le preguntás todo eso?». Y ella me respondía: «Porque di todo el Programa, entonces pregunto sobre todo el Programa. Sí o sí tiene que aparecer algo de cada tema».
Si pienso en alguien que realmente me marcó y que es un referente fuerte de la escuela, pienso en Clide. Cuando pienso en la escuela, pienso en ella. Es una imagen muy fuerte para mí.
Y, por supuesto, también pienso en María Zulema. Ella fue quien me abrió la puerta para llegar a esta institución.
—¿Hay alguna anécdota que vos creés que marque el espíritu de la Escuela?
—Yo creo que el espíritu de la Escuela es un poco las tres palabras que dije. La cuestión de la contención, la creatividad, digamos, estas dos cuestiones me parecen que son fundamentales. Contención y creatividad.
Puedo contarte una anécdota, pero no es trascendental, pero que tiene que ver con la inexperiencia de alguien que nunca había hecho teatro y lo que me pasó acá. Bueno, una de las cuestiones es que cuando estábamos en Mitre y Córdoba, me parecía fabuloso. A veces los alumnos salían a la Peatonal y hacían alguna práctica en la Peatonal o improvisaban en la Peatonal y eso tenía un encanto fantástico porque, bueno, no se puede hacer acá ni en la cortada porque eran otras calles, pero aquí estábamos en la Peatonal, la gente circulaba, eso me parecía hermoso.
Y hay una anécdota que es simpática, pero que no sé si define la Escuela. Yo provenía de otras disciplinas donde el cuerpo no se pone, de la Arquitectura y de las Bellas Artes. En realidad, los arquitectos ponemos el objeto en la Arquitectura y los artistas plásticos, salvo cuando hay una acción, instalación, pero si no, su producción tiene que ver con lo que está fuera del cuerpo.
Digo esto porque un día estaba esperando una clase o salgo de una clase y vi dos estudiantes, dos chicas, que tiraban de una puerta. ¿Viste? Tiraban de la puerta y no la podían abrir. Y ¿yo qué hice?, caballero de otra época, pero era joven en esa época, tendría 30 años, me acerqué y le dije, chicas, ¿me dan permiso? Y se corrieron y yo abrí la puerta con fuerza y en realidad estaban ensayando. Yo creí que realmente no podían abrir la puerta. Fue muy gracioso para mí y para ellas.
Esa es una anécdota, que creo que tiene que ver con la representación y con alguien que en ese momento no captó la convención teatral. Yo lo creí real. Y, de algún modo, eso también habla de la escuela.
—¿Qué desafíos considerás que tiene la Escuela de cara al futuro?
—Un poco ya se está dando, aunque no sé si está del todo resuelto. Yo creo que la escuela pasó de ser una institución reducida, pequeña, con una comisión a la tarde y otra a la noche, de 12 o 15 estudiantes cada una, a tener varias comisiones, como ocurre ahora, por lo menos en las materias teóricas, y con alrededor de 20 estudiantes por comisión en primer año.
Es decir, pasó a tener otra escala, otra cantidad de estudiantes. Me parece que, frente a ese crecimiento, la Escuela tiene que lograr un mayor desarrollo institucional: un mayor reconocimiento a nivel ministerial, más respeto, más consideración y también un mayor reconocimiento social.
Probablemente tenga que fortalecer las actividades de Extensión para que la sociedad y los distintos espacios culturales la conozcan y la reconozcan más. Ese me parece que es uno de los grandes desafíos como institución.
Y el otro desafío es que, con este crecimiento, no se pierda el estímulo creativo, tanto en los docentes como en los estudiantes. Que los docentes sigan teniendo ganas de involucrarse en los espacios donde trabajan y que los estudiantes también lo hagan.
Es decir, que no se caiga en el anonimato. Que siga existiendo ese sentido de pertenencia, esa identificación con la Escuela, tanto por parte de los docentes como de los estudiantes. La escala, probablemente, sea inevitable. El desafío es que ese crecimiento no perturbe ni debilite aquello que hace valiosa a la escuela.
—¿Qué huellas creés que dejaste vos en la Escuela?
—Yo creo que en lo académico no sé si dejé mucho.
Probablemente generé algunos cambios desde el lugar de Historia de la Cultura, que siempre se concibió como un espacio, digamos, no muy dinámico en la relación docente-alumno. Me parece que yo intenté, por lo menos, que hubiera un ida y vuelta mayor y, sobre todo, que eso también se pudiera producir en las materias teóricas. Yo siempre lo aclaraba: cualquier tipo de trabajo que se hiciera, en lo visual, en lo teatral, en lo dramático o en lo corporal, yo no lo iba a evaluar desde la calidad, ni como actor, ni como producción teatral, ni como producción de expresión corporal, porque no era mi área ni lo sabía hacer. Pero sí podía evaluarlo desde el lugar de los conceptos de la materia y de la problemática que se pudiera trabajar en relación con sus contenidos. Creo que ahí pudo haber habido una modificación respecto de cómo se venía dando, o se daba naturalmente, Historia del Arte, donde el docente emitía, trabajaba y mostraba, y el estudiante quedaba más como un receptor.
El otro cambio importante que creo que puede estar, que lo podría haber agregado cuando hablábamos de los momentos de cambio fuerte que se vivieron en la escuela, está relacionado con eso también: fue el impacto de los recursos virtuales. Creo que la pandemia fue un momento de inflexión, que se dio en la Escuela y en muchos otros lugares, en otras instituciones también. No sólo por el aislamiento que hubo en algún momento, el distanciamiento y la pérdida del contacto humano, sobre todo en una carrera como Teatro, donde hay mucho contacto, sino también porque aceleró algo que inevitablemente venía, que era una nueva relación con la tecnología y con los recursos virtuales.
Mi manera de dar clase cambió. En un momento, digamos, todas mis clases comenzaron a armarse a partir de imágenes, de guías, de conceptos que se proyectaban y se trabajaban justamente a partir de esa proyección de imágenes, de la virtualidad.
—Pero vos antes ya trabajabas un poco así…
—Yo trabajaba, pero no era lo mismo. Una cosa es una diapositiva y otra es armar tu clase con todo lo que te ofrece la virtualidad.
Poder pasar estas imágenes, que las podés bajar y poner en un pendrive, eso se dio a partir de la pandemia. Un poco estaba antes, pero la pandemia lo aceleró. En realidad, eso ya venía; la pandemia lo aceleró.
Doy un ejemplo que, a lo mejor, parece duro.
Nosotros hacemos análisis de algunos conceptos que nos permiten trabajar contenidos de la materia. Entonces yo mostraba una imagen de una obra cualquiera. Por ejemplo, hablaba de un detalle. Busco el detalle, una mano, cómo está pintada, y aparece la mano. Y no tengo que verbalizarlo.
Y para alguien que no es de Plástica, sino de Teatro, eso es importante, porque no va a hacer ese esfuerzo, ya que no es el área que le interesa. Todo eso lo facilita. Que yo pueda poner algunos conceptos, proyectarlos y, en el momento de ejemplificarlos con imágenes, cambia la forma del trabajo.
En un momento, que puede ser otra anécdota, no dispuse del cañón. En una época había un solo cañón y se usaba para una obra.
Fue hace tres o cuatro años, en la época de la pandemia o muy cerca de ese momento. Se lo habían llevado y yo no lo podía usar. Entonces dije: «Bueno, usé tantos años las diapositivas». Pasé las diapositivas y los alumnos se reían.
Porque, claro, pasé de una pantalla con el cañón, que tiene tres metros por uno y medio, con otro brillo y una mayor naturalidad en el color, a las diapositivas, que ya estaban medio amarillentas porque eran viejas. Y en un pedacito así, de un metro por un metro, los alumnos se reían, no entendían nada.
Dije: «¿Cómo pude, durante tantos años, dar clases así?». Porque la cabeza de la gente era distinta, la cabeza mía, la de los estudiantes. Todos estábamos acostumbrados a tener menos recursos. Y mis clases pasaron de estar mucho más basadas en la comunicación verbal a trabajar con imágenes. Y esto tuvo que ver con el impacto de… La pandemia aceleró ese proceso.
Eso venía, pero lo que a lo mejor iba a llevar cinco años se hizo en uno.
—Volvamos a la huella que creés que dejó tu paso en la Escuela…
—Un poco, digamos, esta cuestión de estimular la producción, que un poco lo expliqué antes, que tiene que ver con la movilización. Y con que el alumno no necesariamente es un receptor, sino que también viene con algo, trae cosas que pueden enriquecer al grupo completo. Y eso, bueno, es algo que me parece que yo trabajé en clase.
No sé si quedará, pero es algo que, por lo menos, algunos alumnos han reconocido porque me lo han dicho.
Y lo otro que me parece… Que me parece que es real, así que debo decirlo. Yo creo que movilicé afectos. Lo noté muchas veces. O sea, yo creo que he sentido el afecto de mis estudiantes. He sentido que generé afecto entre mis compañeros de trabajo. Y, sobre todo, lo noté el día que me jubilé. Hubo gente que me lo dijo claramente. La verdad es que eso fue algo que, sobre todo ese día, me sorprendió. Lo que menos pensé fue que, dando una materia como la que doy, que no tiene que ver con las obras, como puede tener un taller, generara ese afecto en la gente. No sé si es un legado o algo que yo dejo, pero por lo menos en el grupo humano…
—Si tuvieras que dirigir unas palabras a estudiantes que recién arrancan acá, ¿qué les dirías?
—Dos cosas. Primero, que los felicito por haber elegido una carrera que tiene que ver con una estricta vocación.
Esto un poco lo hablamos antes. Es muy valorable que no se hayan dejado influir por las presiones familiares o sociales y que hayan elegido lo que realmente les gusta. Porque estas carreras, como dijimos antes, tienen que ver con una absoluta vocación. Eso por un lado.
Y, por otro lado, les diría algo que una vez nos dijo un docente cuando yo era estudiante, allá en la prehistoria. Dijo que hay que respirar, mirar y vivir todo el tiempo de acuerdo con la disciplina.
Él lo decía como arquitecto; yo lo voy a decir como teatrero. Hay que mirar, respirar, sentir y pensar todo el tiempo como alguien de teatro. Eso es lo que hay que hacer, me parece, en la vida cotidiana.
Tenés que estar tan involucrado que todo en tu vida tenga relación con esta vocación, con esta disciplina que elegiste. Es la manera en que uno se involucra con lo que ha elegido y a través de la cual puede llegar a producir con la mayor honestidad posible. Porque el compromiso es fuerte.
Esas son las dos joyas que les dejo.
