Revista de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres de Rosario Nº 5029 / ISSN 3072-8975

Juan Manuel de Rosas con dirección de William Shakespeare

¿Por qué un historiador argentino comparó al Restaurador con Ricardo III? La pregunta de los autores empieza a tomar forma de respuesta en un debate acerca de la construcción de la Historia y sus personajes  

 

¿Qué tienen en común Ricardo III y Juan Manuel de Rosas? A primera vista, muy poco: un rey inglés del Siglo XV y un caudillo rioplatense del Siglo XIX parecen habitar universos muy distintos. Sin embargo, un intelectual argentino en 1897 exigió que ambos debían estar arriba del escenario.

A fines del Siglo XIX, cuando intelectuales e historiadores discutían cómo narrar la figura de Juan Manuel de Rosas, un médico e historiador lanzó una interesante comparación: el lugar de Rosas en la historia estaba «al lado de Ricardo III, con su grandeza trágica y un poco desagradable…». Esto no fue una ocurrencia de José María Ramos Mejía. Era una forma de pensar cómo debía contarse la historia: como si fuera un arte dramático, capaz de revivir los espíritus del pasado. ¿Puede el teatro contar la historia argentina?

¿Por qué la obra de Shakespeare sigue importando tantos siglos después?

De tantos relatos posibles para Rosas, Ramos Mejía sólo concebía uno que se parezca a la figura shakesperiana del asesino vil, deforme, ambicioso y sádico. Es así cómo Ricardo III cobra importancia para narrar la historia del Restaurador de las Leyes. La obra del jabalí inglés (el apodo con el que se conoce al ambicioso monarca) daba un claro ejemplo de destreza narrativa a imitar. Y es que, incluso hasta nuestros días, Shakespeare mantiene una vigencia sin igual. Pero, ¿por qué?

Una pista la encontramos en el gran trabajo de Harold Bloom analizando la obra del bardo inglés: «La invención de lo humano». Shakespeare es reconocido por la invención de lo humano tal como aún lo conocemos hoy. Invención en el sentido de hallazgo, porque fue él quien nos enseñó a encontrar y entender la naturaleza humana. Nos mostró a través del arte dramático «maneras de representar los cambios humanos», no sólo causados por defectos o causalidades sino también por la voluntad, y por «las vulnerabilidades temporales de la voluntad». Shakespeare nos enseña qué percibir y cómo percibirlo como también qué sentir y cómo sentirlo después de experimentarlo.

Después de Shakespeare hemos podido entender en profundidad distintas caras de la humanidad como la ambición, la manipulación o los celos. Pero la genialidad no termina sólo con esto que nos enseñó, sino también en el cómo lo enseñó: encarnando estas cuestiones en personajes. Shakespeare no escribió la ambición en abstracto, lo cuenta a través de Macbeth. No escribió de manipulación en abstracto, lo cuenta a través de Marco Antonio. No escribió de los celos en abstracto, lo cuenta a través de Otelo.

El Gran Mecanismo shakesperiano

Otro gran analista que supo tener Shakespeare es Jan Kott, quien señaló un «sentido de la historia» presente en un grupo de sus obras de teatro. Y es que a lo largo de su vida el bardo inglés escribió una suerte de saga histórica sobre la monarquía inglesa, conocidas como sus «Obras históricas». En ellas se pone en escena la historia de varias generaciones de reyes medievales y las luchas de todos ellos por la corona inglesa. Shakespeare hizo diez de estas obras, aunque la primera y la última en orden histórico (no de publicación o estreno) están separadas temporalmente de las demás. Las ocho obras restantes son una narración continua de ascenso, consolidación y caída de distintos monarcas desde 1399 a 1485.

Pero Kott ve más allá de la epopeya histórica. Él ve un ciclo sin fin. Cada capítulo termina donde empezó, pues en todas las obras la historia termina en el punto de partida: empiezan con la lucha por el trono y terminan con la muerte del monarca y una nueva coronación. En todas estas tragedias, el rey lleva cometiendo una larga lista de crímenes con el objetivo de conseguir la corona, incluido asesinar a sus sucesores y a posibles pretendientes al trono. Hasta que aparece un pretendiente que personifica la esperanza que pondrá fin a la carnicería, pero la conquista del poder siempre exige más crímenes. Cuando el pretendiente se hace con la corona, carga con una lista igual o mayor de atrocidades que su antecesor. Así termina el capítulo pero el siguiente comienza en el mismo lugar.

La imagen que nos narra Shakespeare es la de su propia visión de la historia. Más allá de las particularidades de cada rey y su usurpador existe un Gran Mecanismo que rige todo como una repetición. Y ese mecanismo «es una larga escalera por la que sube un séquito de reyes. Cada escalón, cada peldaño que asciende, que le acerca al trono, está marcado por el crimen, el perjurio y la traición». Si tropiezas, la corona cae rodando al suelo para que el siguiente pueda levantarla. Pero quien llega al último escalón, lo único que tiene enfrente es el vacío. Y la inevitable inminencia de que tarde o temprano va a caer. Los monarcas cambian, pero la escalera siempre permanece. Cuando leemos las obras históricas, una detrás de otra, podemos observar esto incluso en la repetición de los nombres. Siempre hay un Ricardo, un Eduardo y un Enrique. Y todos quieren lo mismo: llegar a la cima del Gran Mecanismo.

Esta concepción de la historia para Shakespeare da cuenta también de la diferencia entre sus tragedias y las tragedias clásicas de la Antigüedad. En las tragedias de Shakespeare los seres humanos no se enfrentan al dilema de tomar decisiones morales que puedan alterar a los dioses. El destino de los personajes de estas obras no depende de la decisión de un ente sobrenatural, sino que son consecuencias de los humanos. Como se lo explica Casio a Bruto: «La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros mismos». Y para Kott, esto significa que los personajes shakesperianos pueden dividirse en tres: «Los protagonistas de la historia que al mismo tiempo la hacen y son víctimas de ella (los reyes); los que se creen protagonistas de la historia sin serlo pero que también son víctimas de esta (los confidentes de los reyes, que cumplen sus órdenes) y finalmente quienes no la hacen y son conscientes de ello, y también estos son barridos por la corriente de la historia (los simples ciudadanos del reino)».

Entendida la riqueza de Shakespeare y cómo esta se expresa en sus personajes, de la mano de un sentido de la historia presente en estas obras históricas, nos toca ahora explicar la directiva de Ramos Mejia de subir arriba del escenario a Juan Manuel de Rosas.

La cuestión de Rosas a fines del Siglo XIX

El origen de esta «adaptación criolla» de la tragedia shakesperiana con un prócer local debemos buscarlo en la segunda mitad del Siglo XIX. Esos años son popularmente conocidos en nuestro país como los del Proceso de Organización Nacional. Luego de una primera mitad de siglo cargada de inestabilidad política y guerras civiles posterior al proceso independentista, y disputas por decidir qué sistema político conformar (desde una monarquía hasta qué tipo de república fundar), nos encontramos con un contexto más «estable». Decimos «estable» ya que la decisión de qué modelo de país ya estaba tomada pero nuevos y viejos problemas persistían, como los conflictos entre Provincias o la sanción de una Constitución definitiva.

Uno de los protagonistas de ese momento de inestabilidad y guerras civiles fue Juan Manuel de Rosas. Estanciero, militar y gobernador de la provincia de Buenos Aires en los años 1829-1832 y 1835-1852, puesto que le permitió acumular lugares de poder e influencia sobre el resto del territorio y las provincias. Gran parte de este éxito se debió gracias a la hegemonía que detentaba la misma provincia de Buenos Aires y su puerto. Rosas se consolidó como líder «nacional» de un país que aún no se había conformado. Su llegada a la cima del poder (o del Mecanismo) no fue mérito propio sino que tuvo diversos aliados a lo largo del tiempo como así también un amplio reparto de enemigos, muchos de los cuales fueron antiguos aliados.

Las herramientas que Rosas tuvo a disposición para legitimar su recorrido se presentan tanto en el ámbito político, como económico, militar y también religioso. Todo esto englobado dentro de un discurso de orden, que se buscaba a toda costa. La paz era su objetivo pero era una paz de cementerios, donde el conflicto es inexistente por la eliminación de cualquier elemento que provoque desorden bajo el criterio de Rosas. Y según ese criterio, el desorden nacía de cualquier opositor político al gobierno. Encontramos entonces un grupo heterogéneo de individuos, que con el paso del tiempo se va a ir ampliando y polarizando cada vez más. En un primer momento los enemigos fueron la facción política contraria, los unitarios; en un segundo momento, la lista de enemigos se agrandó sumando a los federales disidentes a Rosas (es decir los miembros de la misma facción de Rosas, quienes se opusieron a que este volviera a ser Gobernador); finalmente para su segunda gobernación fueron considerados enemigos todos aquellos que no cumplían con «el perfil federal», siendo el distintivo más conocido el uso de la divisa punzó. Una cinta de lazos rojos que iba del lado izquierdo del pecho de manera obligatoria que, además contenía la síntesis del pensamiento faccioso del rosismo: ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvages asquerosos inmundos impíos unitarios!. El mayor éxito discursivo de Rosas fue la unificación de sus enemigos al etiquetarlos a todos por igual como «unitarios».

La paz de los cementerios cumplió su objetivo de orden al alcanzar en determinados momentos la anhelada estabilidad. Pero incluso cuando hubo momentos de paz, Rosas estando en la cima del Gran Mecanismo, no impulsó la conformación nacional. Su explicación fue que antes de dar forma al país, había que aprender a vivir en orden. Esa visión no era compartida por sus enemigos quienes, tras la batalla de Caseros el 3 de Febrero de 1852 en la que Rosas fue finalmente derrotado y forzado a un exilio, pusieron en marcha la tan pospuesta Organización del Estado nacional.

Ahora bien, ¿qué es organizar un país? Significa darle un conjunto de leyes para un sistema político que los habitantes deben cumplir, como una Constitución; sentar las bases de un modelo económico que oriente las actividades productivas dentro de un mercado mundial; y organizar efectivamente una institución central o Estado nacional que recaude impuestos, dirija el Ejército, ocupe el territorio, etc. Un elemento importante para lograr todo esto es que se busque construir una Identidad nacional. Crear un sentimiento común de todos los habitantes para poder pensar un «nosotros» opuesto a un «ellos» externo al país. Una herramienta efectiva para construir una Identidad nacional es relatar una historia común o Historia nacional.

La Historia nacional brinda instrumentos cohesivos y de identidad bajo la forma de un relato de los orígenes, entendido como una especie de «autobiografía» de la Nación. Este tipo de relato elige los hechos que le dieron origen y define quienes participaron de ella. El problema surge cuando dentro de ese grupo de participantes se presentan intereses opuestos. Por la forma en que se narra esta historia, y dado que el objetivo consiste en generar un sentimiento común de un nosotros, quien escriba va establecer un bando de «buenos» y otro de «malos». ¿Qué se hace con los «malos» de la historia? ¿Se los menciona y critica? ¿O simplemente se los olvida? Este debate en nuestro país giró sobre un nombre propio: Juan Manuel de Rosas. ¿Qué hacer con Rosas? Se decidió que el olvido sería su destino… hasta que en 1877 con su muerte, estando aún exiliado en Southampton, sur de Inglaterra, alteró dicha sentencia.

La muerte del tirano exiliado despertó gran interés entre los intelectuales locales y una curiosidad concreta sobre sus años de gobierno. A raíz de esto se publicaron distintos escritos a lo largo del último cuarto del Siglo XIX que tuvieron como eje central a la figura de Rosas. Uno de esos escritos generó gran repercusión: «La Historia de Rozas y su época» publicada en tres volúmenes entre 1881 y 1887, con una reedición ampliada en 1892, de Adolfo Saldías. El autor tuvo acceso a los documentos personales de Rosas, situados en la residencia inglesa del ex Gobernador, y los utilizó para narrar un relato que explicara lo más matizado posible la época olvidada. La mirada de esta obra amplió las perspectivas, complejizó y contextualizó el accionar de Rosas. Alejandro Eujanian nos plantea que para Saldías, los enemigos que forzaron el exilio de Rosas engrandecieron su figura con exageraciones y falsedades arraigadas en una tradición de odio. No era malo porque sí, sino que estaba enmarcado en una época conflictiva.

La nueva perspectiva provocó rechazos y enojos, entre ellos el de José María Ramos Mejia. Médico, político e intelectual con diversas publicaciones, entre las cuales encontramos «Los historiadores de Rosas» (1897). Una réplica a esta mirada ampliada por Saldías. Esta contestación tuvo como motivación su propia memoria familiar herida. Antirrosista de nacimiento, con un odio heredado de una familia que luchó contra Rosas y su política. Pero lo interesante es su estrategia argumentativa.

Ramos Mejía no se apoya en la victimización personal sino en una directiva dramática que personifica a Rosas como un ser amoral, vil, maquiavélico… como Ricardo III. Su lugar en la historia debía quedar al lado de este personaje shakesperiano.

¿Por qué al lado de Ricardo III?

Lo principal que hay que entender sobre Ricardo es que hablar de él significa hablar de un gran monstruo.

La obra a la que pertenece es la conclusión a la saga de las «Obras históricas» de Shakespeare. En ella se narra cómo el duque de Gloucester (título anterior a que se corone como Ricardo III) consigue, con sangre, traiciones y su perversa mente maquiavélica, la corona de Inglaterra. Ricardo matará a quien tenga que matar para llegar al trono pero a nadie más. No es un carnicero como Macbeth sino que razona y planifica cada paso a seguir y cada víctima a silenciar: primero sus enemigos, luego los herederos directos para después matar a quienes estén en contra de su ascenso al poder y finalmente a quienes se opongan a él siendo rey (incluyendo a sus anteriores aliados). Y es que el jabalí inglés es un monstruo por su aspecto y por su accionar. Él no sólo manda a matar a su propia familia sino que también atormenta a sus víctimas con tal de obtener el poder.

Tanto Bloom como Kott coinciden en las cualidades que definen a Ricardo:

  • Ser poseedor de una mente maquiavélica. Un príncipe comparado con el de «Maquiavelo». La política es para él un arte cuyo único fin es la obtención del poder.
  • Es un ser amoral. No diferencia entre el bien y el mal o, mejor dicho, está más allá de estos conceptos. Lo único que tiene en mente es llegar a la cima del gran mecanismo shakesperiano y hará todo lo que haga falta para ello.
  • Es un maestro del lenguaje persuasivo. En las obras anteriores ha matado con la espada. En esta obra, él da las órdenes de los asesinatos mientras que la acción que si realiza es la de la retórica por medio de su encanto (en las sombras silencian a sus adversarios y en la luz consigue aliados y ventajas).
  • Su comportamiento se asemeja al de un bufón pero en verdad es un sádico. Una de sus herramientas es la de aparentar no ser el monstruo que es para que, de este modo, cuando sus víctimas caigan en sus juegos, ya sea demasiado tarde.

Es el único rey consciente del Gran Mecanismo. Tan así que para Kott es un actor que interpreta su papel a la vez que conduce la acción. Mandando a cometer crímenes desde las sombras, engañar con mentiras, manipular con su encanto y quedar ante su público como el único capaz de terminar con el descontrol que él mismo ha causado. Ricardo III es la personificación del cálculo frío y el placer sádico. Es el rostro más terrorífico del Mecanismo que impacta hasta tal punto que genera gran fascinación.

¿Y si Ramos Mejía nos propuso esto como solución? Utilizar el archivo personal de Rosas no serviría si no se narrara su historia con la grandeza trágica y desagradable que caracteriza a Ricardo. Si la historia de Rosas no fascinaba con sus atrocidades a los lectores entonces la historia estaba mal contada. Si no se hubiera relatado el ascenso y caída del Restaurador a través de la larga escalera del Mecanismo, la historia no hubiese cumplido su objetivo de formar la Identidad nacional deseada. Veamos un ejemplo con la escena séptima del tercer acto de la obra, en donde el jabalí aparece como el único capaz de traer paz y orden al reino en una época de caos constante… situación similar al ascenso del caudillo rioplatense.

Orden y ascenso de Ricardo… ¿o de Rosas?

En este punto Ricardo está muy cerca de concretar su llegada al trono. Muertos el anterior monarca y su hermano (ambos también hermanos de Ricardo) al jabalí solo le queda deshacerse de los hijos del rey anterior, los herederos directos a la corona. Como estos son menores de edad, Ricardo se vuelve lord protector del reino hasta que el primogénito cumpla 18. Pero Ricardo aprovecha la situación para mandar al conde de Buckingham a que diga en el pueblo que los hijos del rey anterior son bastardos, productos de un amorío cuando su padre se encontraba en Francia.

Hay que aclarar que en la obra en un plazo de pocos días murieron el rey, su hermano y ahora se está diciendo que los herederos en realidad son bastardos. Es este clima de incertidumbre que Ricardo quiere aprovechar para convertirse en la figura que traerá el orden tan deseado por el pueblo inglés después de tanta guerra y conflicto. Junto con el conde de Buckingham consiguen atraer algunos ciudadanos y al alcalde de Londres a su castillo para que Ricardo pueda mostrarse como el único hegemón posible en Inglaterra. Y cuando el jabalí aparece, lo hace junto con 2 sacerdotes aludiendo que antes de que llegaran se encontraba rezando con ellos. Después de unos momentos en el que se niega a ser quien deponga a su sobrino y tome la corona, Ricardo acepta alegando que lo hace por el bien de su pueblo al mismo tiempo que se justifica diciendo que sólo Dios sabe cuánto no quiere la corona. Finalmente los reunidos lo saludan diciendo: «Que viva el rey Ricardo de Inglaterra».

Los paralelismos que podemos encontrar en esta escena comienzan en el contexto de caos imperante en Inglaterra como en la de las Provincias argentinas en la primera mitad del Siglo XIX posterior a los procesos independentistas en América del Sur, y cómo una figura surge como la única capaz de devolver el orden y la paz al territorio rioplatense: el propio Restaurador de las Leyes. Un paralelismo significativo es el de los sacerdotes que remarcan el peso de los valores religiosos en el contexto inglés mientras que del mismo modo Rosas se presentaba a sí mismo con un lenguaje religioso, pero también como el defensor de las leyes y las instituciones políticas. Aunque el paralelismo más importante puede ser que esta escena se asemeja muchísimo al contexto previo al segundo gobierno de Rosas en el cual tuvo mucho que ver su mano derecha y confidente, Encarnación Ezcurra, la Sociedad Popular Restauradora y posteriormente la famosa fuerza parapolicial conocida como la Mazorca.

Conclusión

Si elegimos narrar el desenlace que significó la batalla de Caseros en clave de Ricardo III, deberíamos relatar cómo Rosas huyó del campo de batalla hacia el exilio gritando: «¡Un caballo,uncaballo!¡Miconfederaciónporuncaballo!». Y entenderíamos así cómo se concreta la caída de este personaje trágico desde la cima del Gran Mecanismo.

Ahora bien, si optamos por ampliar las perspectivas y darle contexto a la misma batalla, deberíamos relatar una serie de conflictos previos no sólo entre la provincia de Buenos Aires y otras provincias, sino también con el Imperio del Brasil con gran peso militar en ese momento. Y cómo se alinearon diversos intereses económicos, sociales, religiosos y políticos para hacer coincidir una gran alianza que terminó derrocando al régimen de Rosas. El primer caso trata de narrar una historia con gran carga dramática y juicio moral. El segundo, al contrario, busca narrar desde la mayor cantidad de miradas posibles la complejidad de lo que sucedió. Si no se busca incluir la mayor cantidad de perspectivas sobre este mismo personaje, no se entiende cómo Rosas logró mantenerse durante tanto tiempo en el poder, ni cómo acaparó un gran apoyo popular. La complejidad que acarrea incluir diversas interpretaciones es lo que nos permite comprender cada vez más el pasado, nuestro pasado.

Revisitar el pasado es una tarea constante. Y la mejor forma de acceder al él es a través de las historias. Nunca debemos quedarnos con una sola, por más carga dramática y literaria que posea. Eso no quiere decir que descartemos la versión de Ramos Mejia de una historia dramatizada del poder si la comparamos con la amplitud de la obra de Saldias. Hay que integrar todas las versiones posibles, sin jerarquizarlas. Creemos que Shakespeare siempre va a resurgir para que nos cuente una historia dentro de nuestra historia porque siempre va a hacer falta que nos recuerden porqué somos humanos.

Referencias bibliográficas

  • Bloom, Harold (1998) Shakespeare: La invención de lo humano. Barcelona, Editorial Anagrama.
  • Cattaruzza, Alejandro y Eujanian, Alejandro (2010) «La cuestión de Rosas a fines del siglo XIX: una discusión sobre el pasado» en Jitrik, Noé (Dir.) Historia crítica de la literatura argentina. El brote de los géneros. Vol. 3. Buenos Aires, Editorial Emecé.
  • Devoto, F. (2008) «La construcción del relato de los orígenes en Argentina, Brasil y Uruguay: las historias nacionales de Varnhagen, Mitre y Bauzá» en J. Myers (Coord. del vol.) y C. Altamirano & J. Myers (Coords.) Historia de los intelectuales en América Latina: Vol. 1, La ciudad letrada, de la conquista al modernismo. Buenos Aires, Katz Editores: pp. 269–289.
  • Eujanian, Alejandro (2025) «El rosismo después de Rosas: Su persistencia como problema historiográfico desde mediados del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XXI» en Prismas, Revista De Historia Intelectual, 29 (2). Disponible en  https://doi.org/10.48160/18520499prismas29.1586
  • Kott, Jan (1964) “Los reyes” en Kott, Jan “Shakespeare, nuestro contemporáneo”. Barcelona, Alba Editorial.
  • Ramos Mejía, José María (1897) “Los historiadores de Rosas”, La Biblioteca, T. VII.
  • 1235. Saldías, Adolfo-«Los historiadores de Rosas. Réplica al Dr. José M. Ramos. Mejía». La Biblioteca: t. VII. pp. 449 y ss.
  • Shakespeare, William (2006) “Ricardo III” (1597). Madrid, Biblioteca Edaf.

Por Ciccarelli, Camila y Martínez, Julián