La autora y difusora de teatro urga sobre los motivos de la falta de masividad del teatro rosarino y lo reivindica como vivo e imprescindible
Hace un tiempo también empecé un proyecto personal llamado “Butaca Testigo”, un espacio donde reseño obras del teatro local y comparto algunos videos sobre historia, curiosidades y reflexiones teatrales, con una intención muy simple: difundir el teatro que tenemos cerca.
El 11 de mayo, por el Día Nacional del Actor y la Actriz, publiqué un video preguntándome algo que parecía sencillo: ¿Cuántos nombres de actores y actrices rosarinos podríamos decir de memoria?
Tal vez aparezcan algunos referentes históricos, como Alberto Olmedo. Pero, ¿qué actores o actrices rosarinos, vigentes hoy, podríamos nombrar rápidamente?
Imaginé hacer esa pregunta en una esquina, como esas encuestas espontáneas que aparecen en redes. Pero empecé más cerca: mi familia, mis amigos, personas que conocen mi vínculo con el teatro.
Las respuestas fueron parecidas: “No se me ocurre nadie”. “Déjame pensar”. “Olmedo”. Mi mamá me nombró a mí. Y entonces apareció otra pregunta: ¿Por qué no conocemos a quienes hacen teatro en Rosario? ¿El teatro rosarino no es bueno? ¿O simplemente no lo miramos?
Porque si pedimos nombres de actores de Buenos Aires, probablemente aparezcan muchos. Tal vez no del circuito off, pero sí figuras visibles, personas que ocupan espacios en televisión, streaming, redes, medios.
Mientras tanto, acá hay actores y actrices sosteniendo funciones, ensayos, salas independientes, escribiendo obras, dirigiendo, dando clases, armando escenografías, gestionando espacios culturales. Y muchas veces no sabemos ni sus nombres.
Rosario tiene una identidad cultural enorme. Somos una ciudad que reconoce músicos, deportistas, humoristas, artistas visuales. Nos enorgullece decir que ciertas figuras nacieron acá. ¿Pero qué pasa con el teatro?
Porque después de años viendo obras rosarinas y también teatro en Buenos Aires, puedo decir algo con total honestidad: no tenemos absolutamente nada que envidiar. Hay una identidad teatral rosarina. Hay formas de actuar, de escribir, de dirigir. Hay búsquedas distintas. Hay poética. Hay cuerpos vivos arriba del escenario contando cosas profundamente humanas.
Y sin embargo, muchas veces seguimos siendo los mismos mirando teatro.
Eso también lo veía cuando estudiaba el Profesorado. Y lo sigo viendo ahora. Somos, más o menos, un círculo parecido: quienes hacemos teatro, estudiamos teatro, damos clases o tenemos algún vínculo con la escena.
Por eso siempre insisto con que vayamos a ver teatro. Porque el teatro también abre mundos. Durante al menos una hora, estamos compartiendo un espacio con otras personas vivas. Desconectados del celular. Mirando cuerpos presentes. Escuchando respiraciones. Entrando en universos que quizás nos emocionan, nos incomodan, nos hacen reír o incluso nos aburren. Y todo eso también es valioso.
A veces una obra nos transforma. A veces nos muestra lo que no querríamos hacer en escena. Pero incluso ahí aparece una pregunta, una búsqueda, algo que se mueve. Y eso, para mí, sigue siendo mágico.
Entiendo también que vivimos tiempos complejos y que no siempre es fácil acceder al teatro. Pero en Rosario hay obras gratuitas, espacios independientes, propuestas muy diversas y muchísimo trabajo sostenido con enorme esfuerzo.
Quizás también necesitamos más difusión. Más presencia en medios. Más conversación. Más espectadores nuevos entrando a una sala por primera vez.
Porque algo curioso pasa: muchas veces los grandes teatros de Rosario se llenan cuando llega una producción de Buenos Aires o alguien “famoso”. Y está bien.
Pero acá también están pasando cosas muy buenas. El teatro rosarino, para mí, está más vivo que nunca. Tiene referentes, generaciones distintas, miradas completamente diversas y personas que siguen creando incluso en contextos muy difíciles.
En la primera clase que tuve con Paula García Jurado, nos presentó un texto de Mauricio Kartun llamado “La muerte del teatro y otras buenas noticias”. Recuerdo lo mucho que me emocionó leerlo. Fue una de mis primeras clases del Profesorado y también uno de esos textos que cambiaron para siempre mi manera de mirar el teatro.
Cada tanto vuelvo a él. Sobre todo cuando me aparece esa sensación de que hacer teatro en Rosario es difícil, pequeño o invisible. Lo releo y siempre me saca una sonrisa. Porque el teatro rosarino está vivo.
Y entonces vuelvo al final del texto de Kartún: “Anacrónico, obsoleto, anticuado, arcaico, vetusto, inservible, inútil. Y gracias a eso, irremplazable. Original en sus dos sentidos: diferente y primigenio. Agotado. Terminado. Caduco. Extinguido. Y resurrecto. Bien podría ponerse sobre su tumba vacía: Se creía imprescindible. E inmortal. Y lo terminó siendo.”
