Revista de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres de Rosario Nº 5029 / ISSN 3072-8975

6029: Donde el teatro se hizo aula

El actor y docente inaugura los trazos sobre la historia del flamante Bachillerato en Teatro con Especialidad en Teatro Popular de Rosario, describe la experiencia y defiende el derecho a la educación y al arte. Aclara además que escribe en nombre del equipo de trabajo de la Escuela Nº 6029

 

Ante los ojos del techo

El grito irrumpió en La Capilla como una arenga. «¡60! ¡29!, ¡60! ¡29!», coreaban adolescentes de primero y segundo año, saltando abrazados en una mezcla de vértigo y certeza, y era algo más que un número: era el nombre de lo que nacía. La flamante Escuela Secundaria en Arte con Especialización en Teatro Popular comenzaba allí con ese vibrar colectivo que sólo la pertenencia puede encender. Y frente a sus familias y a la comunidad educativa, esos jóvenes, además de celebrar una muestra de teatro, sin saberlo, inauguraban un acto político.

Sin saberlo, decimos, porque en el imaginario de la mayoría la idea de «inauguración» remite al acto formal: la firma de un decreto, el corte de cinta. Pero íntimamente, sentimos que algo se funda de verdad cuando alguien lo siente suyo, y ese sentido de pertenencia, recién brotado del pecho de estos adolescentes, no llegaba solo sino que traía consigo una memoria entera, una historia de décadas hecha de lucha, vocación y empecinamiento. Porque hacer arte desde el interior del país, hacer teatro contra la indiferencia, levantar una institución de formación artística como quien edifica con lo que tiene a mano, ladrillo por ladrillo, generación tras generación, todo eso había ocurrido antes, mucho antes de que ellos existieran. Y aún así, allí estaban, bajo la mirada testigo de los grandes maestros que adornan el techo a dos aguas de La Capilla, esos jóvenes saltando y coreando un número sin saber del todo lo que inauguraban, pero sabiendo que era suyo.

Memoria soterrada

«Porque después de todo he comprobado
que no se goza de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene soterrado»

Francisco Bernárdez

Nuestro Terciario acaba de celebrar sus Bodas de Oro. Medio siglo que se cuenta en capas, en raíces que crecieron a oscuras antes de romper la tierra. Porque lo que hoy es la flamante Escuela Secundaria Nº 6029 impulsada por nuestro Terciario, no brotó de la nada. Viene de muy abajo. Viene de cuando aún no había nombre y ya había gesto. Viene de los orígenes mismos del teatro nacional, ese que nació en las rancherías mucho antes de que las instituciones lo llamaran cultura. Y viene de décadas de empuje del teatro independiente, de teatristas que fueron sedimentando el perfil de esta ciudad porque entendieron, en carne propia, que la cultura no es un adorno importado ni una fachada, sino un hacerse, un manifestarse frente a lo que viene de afuera con pretensión de homogeneizarlo todo. Ejemplo de ese hacerse es este mismo Profesorado de Teatro y Títeres, que celebra medio siglo enseñando, creando y luchando, y que sin saberlo estaba gestando lo que décadas después sería posible: una Escuela Secundaria con el Teatro Popular como Especialidad.

Pero esta historia, claro, no es sólo nuestra. Somos parte, apenas un tramo, de ese entramado de deseos y luchas que, a lo largo y ancho del país, en cada provincia, en cada sala que abría con esfuerzo, en cada grupo que ensayaba donde se podía, mantenían vivo el teatro.

De esa misma trama forman parte «Teatro Abierto», cuando la dictadura quiso silenciarlo todo; forman parte la pelea por la Ley Nacional del Teatro y el INT, para que el fomento llegara a cada provincia, a cada pueblo, a cada grupo que necesitara un mínimo de sostén; forman parte «Teatro x la Identidad», cuando la memoria todavía dolía y faltaban nietos por recuperar, tendiendo puentes entre generaciones para la búsqueda de verdad.

Porque en nuestra historia, el teatro ha resistido como un rizoma que crece desde abajo. Y ese rizoma se fue expandiendo hasta meterse en las escuelas como la raíz que se abre paso entre lo apretado para habitarlo. Con la Ley de Educación Artística se consolidó el camino y permitió que en aquel Terciario de Rosario —que ya tenía casi medio siglo de existencia— germinara la idea de parir una Escuela Secundaria de Teatro. La 6029. Esa misma que hoy vemos crecer entre abrazos y voces que ya no son sólo de ellos, sino de toda una historia que los trajo hasta acá.

Brotes del encierro

Cuando llegó el momento de discutir la creación de esta Escuela, el mundo se había cerrado. Era pandemia. El encuentro presencial, la base misma del teatro, estaba prohibido. El aislamiento sanitario, el distanciamiento obligatorio: todo lo que nos salvaba la vida nos estaba matando la esencia. La sociedad entera crujía. Y el teatro, ese oficio de cuerpos que respiran juntos, era uno de los heridos más graves.

Allí, en ese vértigo, se planificó su diseño curricular. Frente a un sistema educativo ya en crisis desde hacía décadas, y que de repente se encontraba con un límite innegociable, se tomó una decisión fundacional: esta Escuela iba a sostenerse sobre un principio propio del teatro. Aprender, crecer, ser, sólo sería posible bajo una condición: con otros. Y para otros. Detrás de esa máxima, latía algo más hondo, ese principio comunitarista que nuestra historia teatral lleva arraigado en su ser, funcionando como freno cultural al individualismo feroz y a la soledad solapada de las redes sociales.

Fue entonces cuando nuestro Terciario, a través de su equipo directivo, tomó otra decisión que hoy reconocemos como fundante: no esperar, continuar, convocar. Se conformó un amplio equipo de escritura curricular, no un comité de notables ni una cámara de ecos; se buscó deliberadamente la pluralidad de voces: un equipo compuesto principalmente por docentes de nuestro Terciario, por supuesto, pero también por docentes y especialistas de probada experiencia en disciplinas que siempre fueron «periféricas» al sistema formal —el circo, el clown, el mimo— y que resultaban determinantes para configurar el perfil de la formación que queríamos. Aquel equipo variopinto de escribientes y asesores, sostenido en la heterogeneidad como principio y no como concesión, tuvo que llevar adelante ese proceso colaborativo en el contexto más adverso que pudiera imaginarse: el del distanciamiento social obligatorio, con reuniones a través de pantallas, borradores que viajaban en archivos interminables, discusiones que se armaban y desarmaban sin la certeza del cuerpo presente.

En ese contexto, se decidió tomar como encuadre a la Educación por el Arte —ese movimiento que en nuestra región supo tener en las hermanas Cossettini a sus maestras más inspiradoras— se volvía horizonte y sentido: lo que mirábamos y lo que nos orientaba. Porque educar por el arte, como señala el pedagogo español José Manuel Touriñán López, va mucho más allá de formar artistas. Se trata de formar seres humanos, de perfeccionar la persona como obra de arte, entendiendo que cada uno es, en el fondo, el artista de su propia vida. El propósito último no es sólo aprender un lenguaje, sino construirse a uno mismo a través de él, saber elegir, hacerse proyecto personal de vida. Y eso implica también educar para la belleza, para la alegría, para el goce: educar jugando para no perder la capacidad de jugar, que es también la capacidad de crear, de preguntar, de no darlo todo por sabido.

Casi dos años de correcciones, dos años de insistir, hasta que finalmente, a principios del 2023, el diseño fue aprobado en Santa Fe. Aquello ya era, en sí mismo, una sensación de deber cumplido. Pero la verdadera sorpresa llegó a fines de ese mismo año: el diseño no se quedaría en un cajón, iba a implementarse, iba a tener aulas, estudiantes, horarios, vida. Iba a ser Escuela.

Es justo nombrar los trayectos. Este proyecto fue una política de Estado, ya que se desarrolló y aprobó el diseño durante la gestión peronista, para luego ser implementado bajo la gestión del radicalismo. No lo decimos para distribuir méritos ni para fijar banderas partidarias, sino porque importa señalar que, frente al avance nacional de políticas neoliberales que promueven el desmembramiento del sistema educativo, aquello que gestó esta Escuela no traicionó su esencia, ya que no dependía del Gobierno de turno, sino de una convicción mucho más honda. Esta Escuela Secundaria es el resultado de algo que este Pueblo tiene arraigado en el hueso: la certeza de que la educación debe ser pública, gratuita, inclusiva y de calidad, no como eslogan sino como memoria, como práctica.

Nosotros, con bancos en círculo

Una vez que la iniciativa se convertía en proyecto, hubo que preguntarse: ¿qué vamos a enseñar? Pero también, y fundamentalmente: ¿para qué?

La Ley de Educación Nacional N° 26.206 lo estableció con claridad: la Educación Artística es una modalidad del Sistema Educativo Nacional. Y la Resolución del Consejo Federal N° 111/10 fue más lejos aún. Allí se definió, por fin, que la cultura popular y los lenguajes artísticos no debían ser utilizados como meros recursos motivadores, ese viejo lugar común que los reduce a adorno del aprendizaje verdadero, sino que fueron consagrados como contenido curricular legítimo, como fuentes culturales genuinas. Aquello que durante décadas había estado excluido del patrimonio cultural escolar recibía, por fin, reconocimiento normativo.

Cinco disciplinas fueron fijadas como lenguajes artísticos fundamentales: Música, Artes Visuales, Danza, Artes Audiovisuales y Teatro. De esas cinco, nuestra Provincia tenía implementadas cuatro. La deuda era Teatro, y esa deuda no era una abstracción sino una ausencia con nombre propio, un hueco en el sistema que esta Escuela vino a ocupar.

Pero nosotros necesitábamos algo más que cumplir con una normativa, necesitábamos definir un perfil, y para eso entendimos que había que asumir una posición política: el arte popular no es una versión degradada del arte «culto», sino una forma distinta de entender la creación: colectiva, situada, necesaria. Esto implicaba construir desde la periferia hacia el centro, dejar de mirar hacia los modelos importados como única fuente de legitimidad y comenzar a reconocer que en los márgenes, en lo soterrado, en aquello que durante décadas sobrevivió sin pedir permiso, existía un caudal de saberes con la suficiente pujanza para modificar las instituciones desde abajo.

Las nuestras están hundidas en los orígenes del teatro nacional. El circo criollo, por ejemplo, no para replicarlo como pieza de museo sino para tomar sus elementos: el humor, la pantomima, la acrobacia; pero también y fundamentalmente para comprender cómo ese circo, que durante años fue despreciado por las elites culturales como espectáculo menor, supo construir un vínculo directo, visceral, con el público popular. La murga también, esa expresión tan rioplatense de la que tomamos la práctica del canto coral, el placer de cantar con otros, la construcción de una sonoridad colectiva que no busca la perfección individual sino la fuerza del conjunto, y entendimos que esa manera de hacer música, tan arraigada en los barrios, en los carnavales, contenía una enseñanza fundamental: el arte como experiencia compartida.

Y del plano regional, de nuestra América del Sur, recogemos las técnicas participativas, el Teatro del Oprimido, toda esa potencia descolonizante que nos enseñó a investigar nuestra propia realidad desde adentro, no desde el manual importado. En estas últimas el pensamiento de Paulo Freire echa raíces, porque él nos enseñó que nadie se educa solo: las personas se educan entre sí, mediatizadas por el mundo, y que nadie nace hecho sino que nos vamos haciendo poco a poco en la práctica social en que tomamos parte. Esta convicción, que parece simple, es revolucionaria cuando se la lleva al aula porque implica que el conocimiento no es algo que alguien posee y otro recibe, que no somos recipientes vacíos donde se acumula información para ser extraída en un examen, sino sujetos que al encontrarse se transforman. Esta premisa nos llevó, entre otras cosas, a cambiar la ubicación de los bancos: de la fila mirando al pizarrón pasamos al círculo mirándonos a la cara, y el aula entonces dejó de ser una caja de resonancia de verdades prefabricadas para convertirse en un taller de preguntas, porque el acto de preguntar es en sí mismo un acto de reconocimiento, cuando un docente pregunta está diciendo «tu palabra importa, tu mirada es necesaria, sin vos esto no se completa».

Freire entendió que la educación es siempre un acto político porque define qué tipo de Humanidad queremos construir, y nosotros desde esta Escuela queremos construir una Humanidad que dialogue, que se indague, que no tema al error ni a la repregunta. Y es aquí donde el pensamiento de Freire se encuentra con el de Boal, porque Augusto Boal, que también bebió de esa fuente, nos dejó una definición que es a la vez poética y política: «El teatro es el lugar para ver viéndonos». Esa frase atraviesa esta Escuela como un eje invisible pero firme, porque formar es fundamentalmente habilitar la mirada: la propia y la del otro, es acompañar a alguien para que pueda verse viendo, escucharse hablando, sentirse sintiendo, y esa cualidad no aparece en los exámenes pero se manifiesta en los pasillos, en los ensayos, en la manera en que los adolescentes empiezan a nombrarse a sí mismos.

Sostenemos, por todo esto, una disputa central: la del talento, porque esa noción dominante del arte —la que reserva el escenario para unos pocos ungidos por un don misterioso— funciona como tecnología de exclusión, como filtro social disfrazado de estética, y cuando se reserva el teatro sólo para algunos se niega su condición popular. Por lo tanto, esta Escuela no busca «descubrir talentos», porque esa palabra, con su carga de predestinación y privilegio, no nombra lo que hacemos. Buscamos, en cambio, multiplicar sujetos capaces de mirar y ser mirados; sujetos que puedan narrarse a sí mismos y al hacerlo narrar también el mundo que habitan, que tomen la palabra sin esperar que otros hablen por ellos, que reconozcan la escena no como un privilegio reservado a unos pocos sino como un derecho de todos.

El día a día

Por décadas, la Escuela Secundaria ha buscado una forma de dialogar con los adolescentes sin terminar de encontrarla, porque su estructura suele interpelarlos en un idioma que ya no es el suyo, les pide silencio cuando ellos necesitan palabra, los coloca en fila cuando necesitan mirarse a la cara, y los números son implacables: la deserción escolar sigue siendo una herida abierta, y detrás de cada estadística hay un pibe que se fue, que no encontró allí algo por lo cual valiera la pena quedarse. Aun así, y esto es importante, la Escuela Pública sigue siendo para muchos de esos pibes el único lugar donde alguien los espera, donde todavía es posible contener, acompañar, ofrecer una pregunta que no sea «¿qué vas a hacer de tu vida?» sino «¿qué podemos hacer juntos?».

En ese contexto, habitar una Escuela de jornada completa no es un dato administrativo sino un acto de resistencia silenciosa. Porque estar tantas horas implica un esfuerzo real: los jóvenes pasan largas jornadas entre estas paredes —que aún no son del todo suyas, que todavía son prestadas— y eso exige algo que no se evalúa en los boletines: concentración, paciencia, tolerancia, porque estar tantas horas en un mismo lugar no es algo natural sino que se aprende, cuesta, implica sostener la atención cuando el cuerpo pide movimiento y la cabeza pide aire. La Escuela lo sabe, por eso intenta administrar los tiempos con cuidado. Las materias del Bachillerato tradicional conviven con las de la especialidad, y ahí el aula se transforma porque el teatro trae otras dinámicas: el cuerpo se mueve, el espacio se reconfigura, los pupitres se corren o directamente desaparecen, la química convive con Shakespeare, la historia se cuenta en escenas.

Los adolescentes responden, no todos del mismo modo, pero muchos descubren en esa convivencia de lenguajes que la Escuela también puede ser un lugar donde quepan, donde estar ocho horas sea una posibilidad y no una condena. Y creemos que lo estamos logrando. Los pibes tienen ganas de venir. Lo dicen ellos, y las familias lo confirman: les sorprende, para bien, ver a sus hijos con esas ganas. Esa frase, tan simple, es quizás la mejor evaluación que podríamos pedir. En los recreos, muchos entran a la Dirección a charlar con el equipo docente y directivo. No por obligación ni para pedir algo, sino porque la relación es cercana, de esas que no se construyen con discursos sino con presencia. Los pibes aprenden a cuidarse entre ellos y a la vez a cuidar la Escuela. Buscan hacernos saber que están para colaborar, para hacer crecer este lugar que sienten suyo. Las familias también: acompañan, se involucran, están.

Esta presencia es el resultado de decisiones concretas, algunas ellas arriesgadas en su momento. Por ejemplo: fuimos de las primeras Escuelas en implementar la política de «celular 0». Los chicos dejan los teléfonos al ingresar y los recuperan al terminar la jornada. El resultado no fue sólo más atención en clase, sino algo más hondo: empezaron a mirarse a los ojos, a jugar entre ellos, a conversar de verdad. La tecnología pasó de ser refugio a ser, simplemente, una herramienta más. Salir de la Escuela también es un atractivo. Las salidas al teatro, al museo, al planetario estimulan la curiosidad y después se notan en las clases. Pero el momento más esperado es el Festival de Teatro de Escuelas Secundarias que organiza nuestro Terciario. Ahí los chicos además de presentar sus obras, ven las de otros adolescentes, se reconocen, se acompañan. Es una celebración que traspasa lo escolar.

Y después están las muestras internas. Durante el año, los cursos muestran sus producciones entre sí. Los de primero ven lo que hacen los de segundo, los de segundo lo que ensayan los de tercero. Aprenden a dar devoluciones constructivas, a mirar con respeto el trabajo del otro, a acompañarse más allá del año que cursan. Así se teje, sin que nadie lo imponga, una comunidad que se sostiene.

Eso no resuelve la crisis estructural, pero es una respuesta: pequeña, local, sostenida por docentes que ponen el cuerpo y por pibes y familias que todavía confían. Porque el trabajo colaborativo se alienta, se muestra, se encarna, y los jóvenes pueden observar en sus docentes esa disposición a encontrarse con el otro, a sostener un proyecto que no está terminado. Y eso no aparece en los diseños curriculares: se sostiene con entusiasmo, con vocación, a pesar de que las condiciones no son las ideales. Porque corresponde decirlo: No hay edificio propio, faltan recursos, espacios adecuados, reconocimiento salarial. Porque la inversión en Educación sigue siendo el indicador más nítido de lo que nuestra sociedad está dispuesta a invertir en su propio futuro. Pero esta Escuela, que todavía no tiene edificio, ya tiene sentido de pertenencia, y se sostiene porque hay personas que deciden, cada mañana, poner el cuerpo. Y lo sabemos bien: el cuerpo se gasta. Pero gracias a que también elige encontrarse, en apenas tres años, esta comunidad educativa no dejó de crecer. Se construye día a día, con pibes que eligen estar, familias que confían y docentes que ponen el cuerpo.

Lo que soñamos

Soñamos con un edificio propio. No lo ocultamos, porque lo soñamos como la forma material de contener todo el deseo que se viene acumulando desde generaciones: deseo de teatristas que nunca tuvieron un aula donde enseñar, deseo de docentes que empujaron desde los márgenes, deseo de familias que siguen apostando por la Escuela Pública. Ese edificio será la prueba de que el deseo colectivo encuentra dónde apoyarse.

Pero soñamos con algo más también. Algo inmaterial, y para nosotros aún más importante: Soñamos que nuestros alumnos puedan ir conformándose como ciudadanos comprometidos con su comunidad, que honren los valores democráticos que tanto nos costaron recuperar, que comprendan que la Democracia no es sólo un Estado de Derecho sino una práctica cotidiana que exige escucha, disenso y reencuentro. Soñamos que, al terminar la secundaria, tengan ganas de seguir estudiando, sea lo que sea —Medicina, Derecho, un oficio, cualquier cosa que elijan—, y que esta Escuela haya sido para ellos una buena base, un lugar donde aprendieron a preguntar, a encontrarse con otros, a no darlo todo por sabido. Y si deciden ser artistas, que lo hagan con la conciencia de que tienen una casa, una Escuela Pública que los espera, que los reconoce, que los necesita, una Escuela Terciaria que no les exige éxito pero sí compromiso, que no les promete fama pero sí pertenencia.

Porque eso es, al fin, la Escuela Pública: el lugar donde uno aprende que no está solo, que hay otros, que con otros se puede.