Pedro Arkhipenko es el único superviviente de la creación de la Escuela el 1° de abril de 1974 y cuenta una historia de fotos antiguas, títeres, psicología, un Renault 12 y hasta Tarzán
Dice que está “sorprendido por la magnitud” adquirida por la Escuela, que el año pasado empezó a “tomar conciencia” de la inaudita cruzada de haber colaborado en fundarla, y que hoy se siente “orgulloso”. Pedro Arkhipenko es el único superviviente del grupo de ilusos que crearon la Escuela Nacional de Títeres de Rosario, se acercó al cumpleaños en abril de 2024 atraído por una colección de fotografías de hace 50 años, y se reencontró con parte de su propia historia, y la del teatro y la ciudad.
Pedro es alto, de físico imponente, simpático y usa muy bien las palabras, quizás por su formación y trabajo como psicólogo. También incursionó en la producción de medios de comunicación y se hizo famoso en 1985 cuando condujo el recordado formato de tribuna, una novedad para la época, de “20 mujeres” por Canal 3 de lunes a viernes a las 14:00. La esforzada producción del programa televisivo, a cargo de Lidia Sanfilippo, movilizaba 100 personas por semana hacia los estudios de, por entonces, la avenida Godoy. Luego se transformó en “Plan A”, envío que sigue hoy en el aire por Canal 5.
Arkhipenko también produjo al reconocido periodista Jorge Brisaboa en el programa de TV “De esto sí se habla” y compartió micrófonos con él en “El periodista en el tejado” que iba por LT8 Radio Rosario. Se dedicó además a la cartelería publicitaria.
Llegó a Rosario junto a familia desde Tandil, donde nació, primero y de Mar del Plata después. En su ciudad adoptiva estableció una familia, con dos hijas y tres nietos. Su hija Larisa fue estudiante de la Escuela y junto a su nieto Santi, son parte de este relato.
Una cafetería de la avenida Pellegrini fue el lugar marcado para el encuentro. El objetivo era reconstruir aquellos días de 1974 en los que tres muchachos se subieron a un Renault 12 y se fueron a Buenos Aires con la ilusión de fundar una escuela. No fue así.
Pedro ya había escrito sus recuerdos de los días fundacionales. Cuenta que el 50 aniversario de la Escuela lo tomó por sorpresa y que, cuando fue invitado a decir unas palabras en el acto, no lo hizo porque fue “todo muy repentino y seguramente no hubiera recordado mucho de los detalles de algo que ocurrió hace 50 años”. Y agradece el impulso del ex regente de la Escuela Pablo Fossa para hacer el ejercicio de memoria que se plasma en el siguiente testimonio.

El texto a continuación fue escrito por Pedro Arkhipenko el día posterior a la celebración de los 50 años de la Escuela Provincial de Teatro y Títeres. Y la Revista TyT es esta vez un orgulloso y emocionado “mensajero”, según sus propias palabras, del testimonio quizás más importante de la historia de la Escuela. Que su publicación sirva además para honrar la memoria de todos los que estuvieron allí transformado el mundo con educación.
Ayer era un viernes común para mi vida cotidiana, en la que estoy felizmente activo, y hubo algo que me sorprendió leyendo casualmente los títulos on line de La Capital. Se titulaba »El hallazgo de un viejo álbum verde y la historia de la Escuela Provincial de Teatro y de Títeres”. Se cumplían 50 años de su fundación. Quiero ver ese álbum pensé inmediatamente, y hoy es ese aniversario y hay un acto. Debo ir a verlo. Previamente llamé a mi hija Larisa, orgullosa egresada de la Escuela, y me dijo: “Sí, por supuesto, yo voy”.
Llegué unos minutos antes y pregunté por el álbum y una encantadora encargada de ese tema fue a buscarlo y conjuntamente con mi hija y mi nieto abrimos el viejo bibliorato con páginas amarillentas y fotos pegadas del acto fundacional. Y allí estaban las fotos oficiales del acto inaugural .En algunas de elllas, por supuesto en blanco y negro, me encontraron: “Aquí está tu abuelo”, le dijo Larisa a Santi que veía sorprendido a un jovencito de aquellos años, absolutamente irreconocible para él.

Qué hacía yo allí se preguntaría y ahí empecé a hilvanar los recuerdos de algo en que participé y del que tomé retrospectivamente dimensión de lo trascendente que fue ese momento. Sobre Alcides, ícono a sus 30 años, a quien todos conocíamos porque sus obras habían sido halagadas y las críticas, eran unánimes, todas positivas, en la única red social que existía: la del comentario del boca a boca. Seguramente los medios tradicionales también hacían su aporte. Y claro que muchos chicos y chicas querían aprender con él y lo hacían informalmente. Muchos decían que tenía que haber una escuela formal para que este talento pueda ser enseñado y tener un título habilitante como cualquier otra disciplina artística.
Así fue que por mi amistad con Alberto Tudurí, con quien nos recibimos simultáneamente de psicólogos rindiendo la misma materia, el mismo día me dijo con su persuasiva labia si quería colaborar en este proyecto un tanto utópico pero absolutamente razonable y justo. Él era también un entusiasta motivador dado su amor al arte, al teatro, ayudado por su gran formación cultural. Así fue que empezamos a realizar los burocráticos trámites administrativos para crear una escuela. Piensen además que era para ser titiritero, algo realmente desafiante. Nos respaldaba saber que teníamos a nuestro lado al mejor, y eso hizo que no renunciáramos.
Así fue que un día de fines del 73 o principios del 74 se logró contar con los papeles en orden y ahora faltaba llevarlos a una dependencia del Ministerio de Educación y Cultura en Buenos Aires. Alcides obviamente sería el rector, Alberto el vice y hacía falta también que una escuela tenga un Regente y ese sería yo. A viajar entonces.
Así una mañana temprano partimos a la madrugada en el auto de Alcides, creo era un Renault 12, en busca de esa mágica llave que era el acta formal del reconocimiento de la Escuela de Títeres . En el viaje nos preguntábamos cómo sería nuestro regreso. ¿Con qué ánimo volveríamos? Nos planteábamos distintas alternativas y allí con su humor y voz estentórea, Alcides dice: “Espero no sea como Tarzán, en bolas y a los gritos”. Fue una tremenda carcajada que nos invadió a los tres y nos levantó aún más el ánimo ante el desafío que nos esperaba. Y así llegamos a un edificio de oficinas de la Dirección Artística del Ministerio y nos indicaron el piso al que debíamos ir. Una sala de espera pequeña y deprimente y una secretaria que nos dice que esperemos a ser atendidos. No recuerdo exactamente qué pasó por los nervios que teníamos por el dictamen que esa funcionaria nos debía dar. Sí recuerdo que al salir de la oficina dijimos “Chau Tarzán”, pues volvíamos con el trofeo que era esa designación. Decía algo así como: “Quien suscribe etc etc autoriza la Creación de la Escuela Nacional de Títeres”.
Gracias a Alcides y al esfuerzo de tantos y tantas amantes de la cultura y que durante 50 años siempre lucharon y luchan, Rosario fue y sigue siendo una cuna de artistas. Viendo hoy esta inmensa escuela puedo decir que fui protagonista y testigo de una utopía que se realizó mucho más allá de lo esperado. Con el diario de hoy obviamente seguiría siendo absolutamente impensable.